viernes, 15 de mayo de 2009

¿QUE TAL UN PIERDE PAGA?

El juego de Futbolín se convirtió hace ya tiempo en el punto de encuentro en bares, puertas de colegios y kioscos en medio de plazas abandonadas y a medio reformar. Moneda a moneda y gol a gol, los chicos se encontraban frente a frente, bien parados y con las manos en los pomos. Los jugadores bailan, chutaban la pelota pulida y éramos entonces los Amancio, Kubala, Pelé o Maradonas por unos momentos.
Me vuelvo niño al escribir esto, y recuerdo mi juventud con los campitos verdes y azules de futbolín, muchos ya viejos y con la pintura descascarada, y que siguen aún presentando un clásico ante una tribuna de papel y ante los ojos ansiosos de jugadores y público que esperabamos el resultado de ese partido al mejor de cinco goles…
Este articulo va dedicado a Alejandro Campos Ramírez, creador del fútbolín. Un gallego al que conocí haca ya años, nacido en La Coruña en 1919 y apodado popularmente desde 1936 por Alejandro “Finisterre”, y que según me contó, le cambiaría la vida un bombardeo cuando tenía 16 años.
Tal y como recordó años después, la idea del futbolín surgió “Por culpa de una bomba nazi, de las que lanzaron sobre Madrid y en la que quedé sepultado entre cascotes, con heridas graves. Me llevaron a Valencia y luego al hospital de la Colonia Puig de Montserrat. La mayoría de los niños y otras personas que allí estábamos, nos habíamos convertido en mutilados de guerra. Yo había jugado al fútbol (incluso perdí un diente una vez de una patada) pero eso ya no era nada en comparación a lo que me ocurría, me había quedado cojo y envidiaba a los niños que podían jugar” afirmo.
También Alejandro Campos amaba el tenis de mesa, así que un día pensó: ¿Por qué no crear el fútbol de mesa? En esas circunstancias inventó el futbolín y fabricó con su amigo el carpintero vasco Francisco Javier Altuna, el primer modelo que fue patentado en Barcelona, y en el que los futbolistas eran de madera de Boj, un material que permitía todo tipo de efectos y sutilizas ante una pionera pelotita que estaba fabricada de corcho aglomerado.
Aquel invento fue mano de Santo, la chiquillería se volcó sobre el nuevo juguete, y en especial los niños mutilados, que pudieron participar y, a menudo ganar, jugando nuevamente al fútbol… pero de mesa.
Y precisamente ese fue el inicio de la historia del futbolín, esa salida alterna a esa falta del don en las piernas, toda una confabulación del destino: una guerra civil en España que anuló la fabricación de juguetes para los niños y esa misma guerra que mutilaba a los soldados que en su recuperación buscaban la forma de entretenerse y un poeta e inventor con una idea que buscaba la forma de saciar sus instintos futboleros.
Alejandro, que había registrado este juego en 1937, tuvo que exiliarse a Francia por el triunfo franquista en la guerra, con tan mala suerte, que extravió en una tormenta los papeles de la patente mientras atravesaba andando, como otros tantos españoles, los Pirineos.
A ese pionero futbolín, le seguiría entre 1939 a 1945 uno de forma plegable al que se le denominó “de maletita” y que era algo más pequeño, de peso liviano y que se caracterizaba por unas primitivas barras telescópicas y tener sus jugadores pintados a mano de color rojo y azul y también amarillo.
Sobre este tipo de futbolín de maleta, tuve la suerte de adquirir hace cuestión de nueve años, fue en una subasta de juguetes que se realizó en Barcelona y en la que a un precio nada relevante, aquel invento de Finisterre paso a mi colección particular. Que gran suerte tuve aquel día, de mañana compre el futbolín y de tarde pude transmitir para RNE el partido en el Nou Camp entre el Barça y el Málaga, y que terminaría con victoria para los de Joaquín Peiró por 1-2.
Después de consultar con varios entendidos en el coleccionismo de juguetes, estos me informaron que curiosamente la ciudad de Málaga fue una de las centrales operativas en la importación de este juguete para toda Andalucía y que el modelo que había adquirido, se trata en concreto de una edición que se fabricó entre 1941 y 45 y que tenía como novedad, aparte de ser plegable o de maletita, el de tener un contador en forma de varilla para llevar la cuenta de los goles que se marcaban.

Este futbolín es una de esas joyas que le tengo mucho aprecio dentro de mi variada colección, como el disco de pizarra “Los leones rojos” que es el primer himno dedicado a la selección española de fútbol, las botas de Juanito, las de Just Fontaine, la camiseta de Pelé en la película “Evasión o Victoria”, la del ídolo del Málaga, Viberti o uno de los balones con la que se jugo la final de la Eurocopa 2008.

Pero volviendo al futbolín, éste era en definitiva, una forma más para poder trasladar este juego a cualquier lugar y así poder entretener a aquellos jóvenes que deseaban, ante las adversas circunstancias de lo que significó la post guerra, el poder practicar ese juego, el fútbol.

Años más tarde (1952) cuando “Finisterre” se instaló en Guatemala, éste perfecciono el futbolín hasta lograr una autentica obra de arte, las pionera barras telescópicas se harían de acero sueco y la mesa de caoba de Santa Maria, la mas fina del mundo. Dada la habilidad y delicadeza de los indios para la juguetería, Guatemala era un lugar idóneo que ofrecía, además, embarques a los océanos Atlántico y Pacifico y estaba cerca de un centro de comunicaciones tan importante como el canal de Panamá. Ello le animó a otras innovaciones, como las cajas de música y el baloncesto de mesa, con una pelota con aplicaciones metálicas que permitían la atracción por magnetismo.

Pero cuando el futbolín ya empezaba a venderse bien en Centroamérica, Castillo Armas invadió Guatemala y nuestro gallego inventor por su militancia izquierdista y la competencia que hacia el negocio al monopolio estatal de maquinas tragaperras.
Las mismas dificultades encontró en otros países: el futbolín pudo ser un gran negocio en Estados Unidos, pero para ello habría que haber tenido que llegar a acuerdos con la mafia.

En cuanto a México, donde se instalo en 1956, fue pirateado de inmediato sin posibilidad de control de royalties, por lo que decidió dedicarse a la edición de libros de arte y la obra de los exiliados.
Fue así como empezó a publicar a León Felipe, a quien había reencontrado allí. Y cuando regreso a España en los años 60 se encontró con la sorpresa de que el país estaba lleno de futbolines. Aunque el no sabia que por entonces, su prototipo de la colonia Puig había conocido una fulminante expansión en plena guerra civil, y los fabricantes valencianos lo habían convertido en la posguerra en el juego nacional por excelencia. Su invento, que había nacido en un hospital de sangre y en otros países, se utilizaría para que los niños recuperasen reflejos y movimientos, era ya los tiempos en la que nuestra selección le ganaba la final de la Copa de Europa a Rusia.

”Finisterre” no pudo por menos de asombrarse de la transformación sufrida por algo que el había concebido como algo lleno de matices a base de jugadores de madera y que habíamos convertido en un intercambio de trancazos entre dos bandos de futbolistas ya de plomo y balones de marmolina. Quizás empezó a entenderlo todo mejor cuando recibió aquella citación del Tribunal del Orden Público que le recordaba que no en vano había transcurrido una guerra.


Se supone que era difícil ejecutar con delicadeza algo que, después de todo, era hijo de aquel conflicto, y cuyos jugadores (fundidos en un metal que había segado la vida de más de un español) algo tenían de soldaditos de plomo que pateaban aquellas bolas compactas como si fueran balas de cañón”.

Nuestro inventor tras residir en Benajarafe (Loma Alta) durante varios años, y donde gracias a un amigo común tuve la oportunidad de conocerlo, se trasladaría a Aranda de Burgos, donde allí continuó escribiendo mientras era miembro de la Real Academia Gallega. Después fijaría su residencia en Zamora, donde gestionaría la herencia del poeta León Felipe como albacea testamentario. Falleció en Zamora, en su casa del barrio de Pinilla, a la edad de 87 años, el día 9 de febrero de 2007.
Sus cenizas fueron esparcidas en el Río Duero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico en Finisterre.

El futbolín tiene otros nombres en el mundo, en Argentina lo denominan “metegol”; en Bolivia “canchitas”; en Chile “taca-taca”; en México “fuchito”; en Uruguay “futbolito”, en Portugal “matraquilho”; etc.

Mientras se discute o no, que en muchos casos, una desgracia alimenta la inventiva, os propongo una partidilla al futbolín, pero eso sí, sin jugar de “cuchara” y al mejor de siete goles…

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