miércoles, 22 de abril de 2009

LA VICTORIA MÁS TRISTE


Este artículo va dedicado a la memoria de aquellos luchadores malagueños que soñaban con un país libre, sus familias, y al pueblo llano que los ayudó, todos ellos maestros de la supervivencia y de la resignación, a todos aquellos que la historia oficial de aquellos régimenes intentaron enterrar en el más profundo olvido bajo el descrédito y la infamia.
Siempre se ha dicho que la distancia en el espacio y en el tiempo, implica el olvido y que la mente humana tiende a borrar aquellas etapas excesivamente duras para el ser humano.

Lejos de estas afirmaciones, me quiero centrar en estas líneas en Antonio Pérez Galindo, un veleño nacido el 17 de marzo de 1911 que dedicó su corta vida, segada por el holocausto nazi, a difundir entre sus compañeros de barracón en el campo de prisioneros de guerra de Sandbostell (norte de Bremen), en el de Gusen y poco después en Mauthausen (Austria), los recuerdos y añoranzas de una tierra, Málaga, que esperaba algún día poder volver a pisar y como no, de poder jugar nuevamente al fútbol con sus queridos y añorados compañeros de su equipo, el Vélez F.C., amigos que le habían dedicado la siguiente semblanza cuando éste compartía vida y deporte en su pueblo:

“Chiquitín y presumido,
ahora juega de interior,
el correr le cunde poco,
chuta de cualquier manera,
pero una panadera,
lo trae absolutamente loco”

Ya han pasado más de medio siglo desde que las tropas americanas entraran liberando Mauthausen, sin embargo hay historias que no deben de perderse en el tiempo, la de Antonio Pérez es sin lugar a duda una de ellas.

Un veleño que conservó siempre la amargura de haber perdido en el duro camino del exilio entre España y Francia, a muchos compañeros de Málaga y la Axarquía.
Cuentan algunos supervivientes malagueños de Mauthausen, como es el caso de José Marfil, natural de Rincón de la Victoria, que tras llegar Pérez Galindo en un vagón de madera donde apenas cabían 40 personas y después de muchos días sin apenas comida y hacinados junto a sus propios excrementos, éste tras ser registrado por los alemanes con el número de prisionero 3612 y junto a otros paisanos que llegaron ese mismo día, caso de Manuel Suárez Rodríguez y Antonio Solves Laborda, el veleño empezó a hacer amigos y a no parar de hablar de su tierra, su familia y sus cosas, era en verdad su especial medicina ante tanto dolor, una terapia ante tanta locura siempre emocionada, y donde recordaba también aquellos partidos que disputaba en el viejo campo de fútbol del Tejar de Pichelín en la localidad de Vélez-Málaga

Estas conversaciones entre vecinos de barracón ayudaban a que los más jóvenes no olvidaran su lugar de origen y trataran de olvidar la barbarie que se vivía fuera de los barracones de aquel sanguinario campo. Las escenas que debió soportar junto a los demás presos fueron dantescas. Así, podía contar que "cada día subían 20 ó 30 cadáveres de amigos al horno crematorio sabiendo que a la mañana siguiente les podía tocar a uno de ellos".


Antonio Pérez Galindo en memorias de los compañeros que sobrevivieron al holocausto alemán, cuentan que fue un deportista nato, que en momentos previos a la barbarie de Mauthausen supo granjearse la confianza de algunos oficiales alemanes amantes del denominado “fussball”.
Pérez Galindo utilizaba un solo lenguaje para comunicarse con los oficiales alemanes, el del fútbol, lo hacía para olvidar todo lo que allí ocurría, el miedo, el frío, el hambre, la soledad más absoluta, la muerte o la traición. Tiempos en los que sobrevivir una semana, un día, o simplemente una hora más, era la única esperanza para este malagueño.

De ahí que cada vez que tenía la oportunidad, y ante los militares alemanes daba un taconazo emulando al popular “Gran Matías” de Málaga y recitaba de memoria y en voz alta (dándose también dos palmadas en el pecho) a las estrellas futbolisticas de su país, Zamora, Quincoces, Regueiro, Langara, Ipiña, Gorostiza… repetía nombre por nombre a aquellos ases españoles del balón, sus héroes fuera de los muros y que había tenido que “dejar” de leer u oír en España por una miserable guerra civil.


Ese “reconocimiento” de los militares alemanes, y en especial el del oficial y ex jugador de fútbol, Kart Johannes Hegewald, hizo ciertamente popular a este veleño de entre los innumerables presos españoles allí hacinados y concentrados, por lo que le fue encomendado a preparar algunos partidos de fútbol entre diferentes barracones e incluso, a enfrentarse a algún combinado de oficiales y soldados alemanes.


Partidos que se disputaron en una zona algo apartada de los almacenes de abastecimiento, y que estaba situado a un lado de los barracones donde ubicaban los alemanes a los presos rusos, frente a las letrinas del campo de exterminio y camino de la existente y tortuosa cantera que existía en la zona inferior de Mauthaussen. Por fondo, las alambradas y un gran muro en el que situaban numerosos curiosos que de distintas nacionalidades, y en algunos momentos apretados de fuerza y resultados adversos, se ofrecían para poder jugar un poco e intentar ayudar a derrotar moralmente a los que eran los dueños de sus vidas (consultar mapa vista aérea del campo, punto 42).


Cada partido tenía caras nuevas y sobre todo, muchas y muy tristes ausencias. Poco antes de perder la vida entre alambradas de un campo lleno de horror, Pérez Galindo y sus compañeros de equipo, entre ellos el gallego Marcelino Pardal, aparecerían en un pequeño reportaje de promoción nazi mandado hacer por Joseph Goebbles en varios campos para confundir a la opinión pública, era en sí, engañar a la Cruz Roja y a la Convención de Ginebra y mostrar al mundo las "bondades" del nazismo.


Aquel tan importante partido con balón de cuero redondo traído por los militares del batallón Totemkopf de la SS, fue grabado por los cameramas propagandísticos alemanes.
Los mismos que unos días antes habían tomado diferentes fotografías en el de Theresiensatadt.


En este partido sólo pudieron jugar siete jugadores, todo debido a la limitación de campo y en el reportaje, aunque levemente, se deja ver cosido en los hombros de los futbolistas españoles un triangulo azul y una "S" blanca de Spanien.


Parte de estas imágenes fueron recuperadas y montadas por el director y guionista valenciano Pau Vergara para un film de 83 minutos de duración titulado “Mas allá de la alambrada” que se estrenaría en nuestro país el 6 de mayo de 2006 y donde se puede ver ta los prisioneros españoles en formación del equipo como también algunos lances de aquel partido, que empezó con tantos alemanes y que acabó con un resultado que nadie del fanatismo ario esperaba, victoria de los prisioneros y algunos goles de Galindo, que eran celebrados por un público que saltaba jubiloso de sus “asientos de tierra” mientras los soldados alemanes no paraban de decirles ¡Rotspanier!, que traducido al español significaba “rojos españoles”.


Debido al fracaso deportivo, no más de ocho minutos le quisieron dedicar los nazis a este partido en el reportaje propagandístico que prepararon y que para la historia de malagueños y de otros deportistas de diferentes nacionalidades que jugaron aquel encuentro, fue sin duda la más triste victoria conocida en fútbol (la foto que encabeza este artículo pertenece al reportaje).

Un triunfo conseguido, el de la voluntad de la mente, que nunca fue registrado o reconocido en la historia de un deporte, el fútbol, que sirvió en cierta medida y gracias a este malagueño de Vélez, a olvidar los fatales desenlaces de un lugar sangriento, fue una gesta ante la propaganda, un lugar que tuvo fútbol en el horror.
Pocos meses después, Antonio Pérez Galindo fue trasladado nuevamente al campo de Gusen, donde recobraría su inicial número 11.526 de registro de entrada, campo de prisioneros donde falleció a los 33 años el 29 de marzo de 1943, dos años antes de que este campo nazi fuera liberado en 1945.

lunes, 20 de abril de 2009

AMOR A LA CAMISETA DE TU EQUIPO


Si hay algo verdaderamente inalterable en el ser humano es el amor a la camiseta de tu equipo de fútbol.
Los cambios en la vida de los hombres suelen pasar por el gusto musical, la admiración literaria o las ideas políticas; se modifican también las preferencias estéticas del mismo modo que cambian los gustos por las comidas. En su lucha por la vida, el hombre adquiere otras motivaciones, pelea por otros éxitos y descubre que puede disfrutar mejor de todo. En esos impulsos es capaz de cambiar de oficio, de barrio, de esposa o de amigos.


Para bien o para mal, puede llegar a revertir muchas cosas, pero aunque su nuevo modo de vida lo convierta en una persona diferente, hay algo que permanecerá intacto: su fidelidad a la camiseta de un equipo.
Es que el fútbol, por encima de la destreza deportiva, lo atrayente de su juego y la fuerza de sus convocatorias, es una identidad. La primera identidad que el hombre suele adquirir por sí mismo.
El nombre y apellido viene de fábrica, se llevan puestos desde el nacimiento. En cambio la camiseta requiere de una aprobación. No siempre se acepta la que te ofrecen el padre, el tío o el vecino. Aquí se trata de una verdadera elección personal que, generalmente, se produce el primer día que acudes a un estadio de fútbol, donde influyen más el ambiente, los colores y las banderas, que el padre de la criatura. Y en esa instancia, un gol puede ser decisivo. Si todo sale bien, el chico se pondrá esa camiseta toda la vida, pues los colores le quedarán estampados debajo de la piel. Ese día habrá adquirido una identidad más importante, por que es lo que él mismo eligió. Si rechaza los colores propuestos y elige otros (así sea para llevar la contraria), su elección será igualmente válida, lo mismo quedará identificado para siempre con una camiseta.

¿Y porqué es tan fuerte esa elección? Pienso que quien asume, obtiene una identidad más personal que la de ser “el hijo de fulanito” o “el hermanito de menganito”. Ser hincha o aficionado al equipo de tu pueblo, indica la pertenencia a una comunidad, es una adhesión a algo. Y contraer semejante compromiso a los pocos años de edad, significa una importante manifestación de personalidad propia.

Es fidelidad a lo tuyo, a lo local, un amor explosivo, ese que justifica cualquier día de lluvia o de insolación, ese que estalla en abrazos cuando llega un gol decisivo, irrepetible o único que se dibuja en el aire para grabarse en la memoria de todos. Goles como aquellos que delineaban con sus centros Antonio Castaños, Antonio Ruiz "Zocato" o Pepe Hidalgo Reyes; los que facturaban a pelotazo limpio Juan Barranquero o el impecable Gil “el murciano”, Juan Ortega o aquel centrocampista también nacido en Torre del Mar, Dominguillo.

Los veloces Antonio Ríos y Manolillo o el escurridizo Cortés, los tantos que anotaban de cabeza Antonio Toré , Moncayo o Manolito; los de José Manuel Atencia, Manolo Camacho o Juani España de falta, los del añorado Antonio Gutiérrez "Guti" o aquellos ocho de una tacada que le marcó al Roquetas el sevillano de Morón, Paco Sierra, goles todos, de Tello, Julio, Rafita o Salas, logrados en los momentos justos.
En definitiva, una camiseta de un club o entidad tiene la constancia como emblema espiritual de tantas y tantas personas: aficionados, jugadores, entrenadores, directivos y presidentes, que se han apoyado, unos, en la solidez de su patrimonio físico, y otros, en su total y desinteresada entrega y pundonor. Fuerza espiritual para intentar hacer realidad el sueño de convertir nuestro club, el Vélez, en un equipo que cada temporada pueda ser más grande y con mucha más historia.

Lo dicho, todo por el amor y el respeto a unos colores y su camiseta y que como dijo en su día Juan Barranquero Aponte, uno de los primeros jugadores y fundador en 1922 del Vélez C.F.:

"Un buen veleño puede presumir de todo cuanto guste en la vida, pero sus presunciones nunca serán completas, si no es del Vélez Football Club."