sábado, 11 de abril de 2009

MATIAS PRATS, EL GRAN MAESTRO DE LA RADIO


“Este niño tiene algo en la cabeza” decía de aquel alumno el maestro de la escuela de Villa del Río. En la escuela del pueblo cordobés había un niño prodigio, un Mozart de la poesía que hacía unos versos preciosos en su ingenuidad. Como aquel niño prometía tanto, alguien mandó una de aquellas poesías a Federico Algarra, propietario entonces de Radio Córdoba.
Matías Prats Cañete se llamaba aquel puñetero niño. Y como el verso que habían mandado gustó tanto al director de la emisora EAJ 24, lo llamaron a la capital, como si fuera un Joselito de años antes o un Arturito Pomar sin ajedrez:
“Que venga ese niño a Córdoba a recitar esos versos cara al público en el programa de Navidad...
Y allá fue el niño prodigioso. El poema que leyó ante el micrófono el niño Matías de Villa del Río estaba dedicado a los Reyes Magos:

Los Reyes Magos de Oriente
llegaron de madrugada
¡Mira! ¿Ves estos bombones?
pues me han traido dos cajas...

“Aquel niño poeta, a medida que avanzaba en su recitado, así me lo comentaba en una cena el propio Matías en torno a una mesa del Restaurante el Jardín de Torre del Mar, iba revistiendo con los ornamentos de los reyes de Oriente, capa larga y turbante, barba florida y corona, a las figuras del director de la emisora y de su propio padre, que habían puesto en sus manos lo que iba a ser el más preciado juguete de su vida: un micrófono”

El micrófono o la poesía. Matías Prats pasó por un locutor, por un maestro de la radio, cuando en verdad siguió haciendo toda su vida lo mismo que en su debu con picadores en forma de Reyes Magos en aquella pionera radio cordobesa: decir poesías.
Nacen los cordobeses dotados de todas las armas del arte de la palabra, y a Góngora, a Pablo García Baena, a Ricardo Molina... O a Matías Prats. Si se pasa ahora en su recuerdo, por la memoria las cintas de las retransmisiones de partidos de fútbol o de corridas de toros de Matías Prats, verán que en sus palabras había ritmo, imágenes arriesgadas, metáforas.


Culto cordobés al lenguaje. Gongorinamente Matías levantó altos muros y excelsas torres en el arte de la palabra al servicio de la imaginación. Realismo mágico. Narró el gol de Zarra a Inglaterra en Maracaná y España entera no solamente estaba viendo el gol, sino marcando todos los españoles un tanto a la Pérfida Albión. ¿No es Góngora puro, Góngora del “Polifemo”, llamar Pérfida Albión al equipo inglés cuando le marca un gol el delantero vasco Zarra?
Que, naturalmente, y gracias a Don Matías, España entera aprendió a decir que se llama el delantero Telmo Zarraonaindía. Hay que ser un poeta para haber dicho Zarraonaindía con ese ritmo, esa armonía... y encima para que España entera aprendiese a decir algo tan difícil como una boina de Tolosa en forma de apellido.
Bueno, aprendimos que Zarra era Zarraonaindía y aprendimos que había nacido en Ásua el 30 de enero de 1.921, que se crió en Munguía y empezó jugando en el Erandio. En medio tiempo de un partido de la selección radiado por Don Matías (me decía mi abuelo) acababas sabiendo el nombre del caserío de la prima de la tía de Baracaldo de Telmo Zarra, y el nombre de la vaca más gorda que había dejado Guillermo Campanal allá en sus verdes brañas antes de llegar a jugar en el Sevilla C.F.

Matías ganó para siempre el Pichichi con su gol en Maracaná, que sigo pensando que lo marcó más el locutor que el locucionado Zarra, y que ha seguido ganado cada día el Pichichi del Espasa. Matías Prats tuvo siempre en el disco duro de su prodigiosa memoria un “Servicio de Documentación” que hay que reírse del Archivo de Simancas.
Estaba retransmitiendo una vez una corrida de toros de Rivera Ordóñez por Antena 3 TV, apareció con los palos el banderillero Hipólito y recuerdo que dijo algo así:

“Ahí va Hipólito, por cierto, primo de Salvador Távora Triano, el gran autor teatral, que también fue novillero y que a las órdenes de Salvador Guardiola Domínguez, actuaba en el coso balear, la funesta tarde en que el caballero en plaza hispalense, de la familia propiciatoria de El Toruño y del hierro de los Pedrajas, halló la muerte en Palma de Mallorca...
Mi amigo Matías inventó el fútbol codificado. Aquel poeta de Villa del Río, aquel Góngora del micrófono, codificó el lenguaje del fútbol, y que desde entonces se sigue usando. La metáfora mitológica de Cancerbero aplicada al portero. El tropo literario de la parte de llamar trencilla al árbitro. La alta estrategia de la posición teórica del defensa central. Poeta de la geometría del punto de penalti. Poeta del tiempo de cuando van transcurridos veintidós minutos de juego en La Rosaleda, y el marcador continúa 1-0 a favor del conjunto malagueñista...

Aquel niño de pantalones cortos de los versos de los Reyes Magos ya no nos sigue trayendo el regalo de sus poemas de futbol y toros, de su voz...
El Archivo de Indias en su memoria. Matías, después de mucho vivido, este poeta de Córdoba que inventó el gongorismo del fútbol que hace un tiempo nos dejó, descansa en otro lugar, pero su peculiar voz seguro que relatará a otros, en otras partes... sus anécdotas con Di Estefano, y ahora más que nunca con compañero Telmo Zarra en una cabina privilegiada desde lo más alto y como no, con Ferenc Puskas (al que un buen día le apodó con su peculiar ingenio “cañoncito pum” o Kubala, Juan XXIII, Evita Perón, Picasso, Carlos Gardel, Franco, Bahamontes, Belmonte, Manolete...
Tuve la suerte de compartir con Don Matías varios momentos bonitos de mi vida profesional, la primera vez en la inauguración del Colegio de Arbitros en Málaga, años más tarde cuando fui premiado junto con él en la bonita localidad de El Borge en 1.999, y sobre todo, la presentación que realizo en el salón de plenos de Vélez-Málaga de mi libro de fútbol.
Fue la última vez que este maestro de periodistas visitó la capital de la Axarquía. Mi amistad continuó por medio de llamas telefónicas a su domicilio de Madrid o de alguna visita que le hacía a Marbella siempre por finales de la primavera. Pocos meses antes de su muerte, recibiría un micrófono de martillo de los que utilizó Don Matías a mediados de los años cincuenta para radiar aquellos partidos de fútbol y corridas de toros. Me lo envió sabiendo de mi colección y cumpliendo la promesa que me realizó en El Borge. Es sin duda una de las joyas más preciadas que poseo dentro de mi colección sobre todo lo que rodea el fútbol.
Mi homenaje desde este blog a la voz del siglo XX, y que extrañamos en el XXI, un creador de palabras y de imágenes que inventó el fútbol codificado para que lo viésemos siempre en abierto gracias al prodigioso don de su palabra.

PAQUILLO DÍAZ, EL ENTRENADOR DEL "CHE"

El nombre de Ernesto "Che" Guevara de la Serna (1928-1967), está unido, como ya se sabe, a la epopeya libertadora de Cuba por su contribución a la lucha revolucionaria. En cambio su vinculación al deporte, natación, fútbol, rugby, boxeo y ajedrez, es quizás la gran desconocida y en ella tuvo una gran incidencia un emigrante malagueño de Benamocarra, Francisco Díaz.

Hablemos primero del Che. Corría el mes de mayo de 1930 y un niño de dos años que después escribiría páginas importantes de la historia, le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria. El asma fue una tragedia familiar para Ernesto Guevara Lynch, el padre del “Che”, que por orden de su médico decidió llevarse a su hijo en 1932 a la localidad de Alta Gracia, ubicada en la Sierra Chica, al sur de Córdoba (Argentina).
Allí los aires eran mucho más saludables y de esta manera Ernesto fue conociendo el asma, y el asma fue conociendo a Ernesto, y ambos advirtieron que no sería fácil el pulso que mantendrían, ni la sofocada convivencia. Nadie podía imaginar que aquel niño débil y flacucho (el asma lo hacía parecer más chico que su hermano Roberto, que era menor), se convertiría en un deportista obstinado.

La gran culpa de su amor al deporte y en un principio al fútbol, le llegaría gracias a una familia de malagueños procedentes de Benamocarra que habían abandonado su tierra a consecuencias del alzamiento franquista.
Los padres del joven "Ernestito" que eran favorables al bando republicano en la Guerra Civil española, acogieron a varias familias de exiliados, entre ellas los valencianos Granados Aguilar y los malagueños Díaz Arias, con estos últimos tendría la familia Guevara una amistad imperdurable.

La familia de Francisco era prácticamente de El Borge, sin embargo ésta emigró a Benamocarra a principios del siglo pasado, naciendo nuestro protagonista en 1905. Curiosamente con el tiempo fue uno de los fundadores, a finales de los años veinte, del primer equipo de foot-ball que se conoce en esa localidad, hablamos del C.D. Invencible.
Paco Arias, como así se le conocía, en más de una ocasión había jugado partidos amistosos con el Vélez F.C. en la antigua plaza de toros y en el campo del Tejar de Pichilín. Lo hizo siempre invitado por su amigo y paisano, Francisco Quero Ruiz, pionero defensa en la historia del fútbol veleño y también jugador del Sporting de Málaga, "footballier" que había nacido en el vecino núcleo de Triana (Venta de Montoro) el 2 de marzo de 1910.

Los tristes sucesos acaecidos durante la Guerra Civil, hizo que los Díaz Arias como tantas familias de malagueños tuvieran que “emigrar” forzosamente de Benamocarra.
Eran los primeros días del mes de febrero de 1937, cuando esta familia tuvo que iniciar por la costa malagueña una huida con dirección a Almería.
En el camino hacia Nerja, y fruto del bombardeo de los aviones alemanes e italianos que peinaron el éxodo malagueño, Paco perdería a causa de la metralla a su mujer Teresa y a un hermano de ésta, Antonio, que también les acompañaba en la huida. Arias a duras penas pudo transportarlos ya mal heridos hasta la localidad de Adra, donde ya nada se pudo hacer por ellos, siendo enterrados junto a otras personas fallecidas, al norte del viejo muro del cementerio de esa ciudad.


Dos semanas más tarde, desde Almería tras estar amparados en Casas de acogidas "Socorro Rojo " pudo pasar a Valencia y poco tiempo después llegar a Barcelona, donde tras varios días de angustiosa espera, logró superar el filtro de algunos controles militares y poder tener la oportunidad de embarcarse rumbo a la Argentina.

Caprichoso es el destino, Paco Arias, su hermano José y su cuñada María Luisa se ubicaron en los primeros meses de 1939 en la localidad de Alta Gracia (Córdoba) y muy pronto se relacionó con el ambiente obrero socialista de aquella ciudad, y con la figura de Ernesto Guevara padre.
La amistad que poco a poco fue entablando este benamocarreño con la familia Guevara, hizo que el pequeño "Chancho", entonces no era apodado como “Che”, conociera con más detenimiento las reglas del foot-ball y su amor hacia este bonito deporte.


                            (Arias con parte de su familia y el pequeño Guevara con el balón)

Paco Arias además de trabajar de carpintero, entrenaba dos veces por semana al equipo de la escuela de la cercana localidad cordobesa de Bouer.
Es por eso como, desde allí y a espaldas de sus padres, pudo alinear de guardameta al pequeño Ernestito, y al que ya sus amigos también le apodaban de otra manera, "Pelao", por los particulares cortes de cabello que muy asíduamente lucía.

El de Benamocarra sabía que el asma limitaba mucho al pequeño (que por entonces andaba con los hombros levantados por la respiración forzada), y pensó que si jugaba de portero, éste estaría siempre mucho más descansado a la vez que tendría el inhalador de Aspomul cerca de la portería y no acabaría atacado siempre por la tos.

Al chaval la idea de jugar de portero y a escondidas, especialmente en los días que tenía clase de natación (estilo mariposa) que le daba el campeón argentino, Carlos Espejo, le motivaban mucho.
Era un reto para él, ya que jugaba merced a dos voluntades enormes: la suya, con la que peleaba contra la lógica y las no menos encontradas disposiciones médicas. Tanto fueron sus deseos de jugar al fútbol, que se procuraba hasta una gorrita similar a la de aquellos antiguos cancerberos que él veía retratados en la prensa. Pero eso sí, cuentan que se la ponía con la visera siempre hacia atrás.

En cierta ocasión leí al biógrafo del “Che” Guevara, Hugo Gambini, que decía:
"Cuando la situación así lo requería, era capaz de dejar los tres palos y ponerse a marcar al rival más peligroso del equipo contrario con el consiguiente gran riesgo para su salud. Avanzaba como un silbido tenue y se iba descomponiendo para convertirse en una especie de rebuzno. Desfilando con la sincronía de un ejército, el jadeo, la asfixia y el miedo sobrevenían uno detrás del otro, ensayando una rutina de la que sólo se sabe que no hay que esperar al final.
Ernesto ahogado hasta añorar el oxigeno, no tenía más remedio que dejar a su equipo y corría hacia uno de los postes de la primitiva portería buscando un objeto que casi le devolvía la vida. Inhalaba profundo, se recomponía, y muy pronto regresaba al campo de juego para que los suyos volviesen a contar con once integrantes. Luego el ciclo recomenzaba, se agotaba, recomenzaba y se agotaba... ocurría varias veces por partido".


                                                          (Ernesto Guevara con su padre)

Aspira, expira, corre, salta, nada, cae, se sentaba, estudiaba, leía, aspiraba, expiraba y corría de nuevo para encontrarse con Paco Díaz que lo llevaba a hurtadillas a jugar.
Cuando en la casa paterna se descubrieron las cada vez más habituales fugas de Ernestito hacia la improvisada cancha de Bouer para jugar al fútbol, la explicación que daba Paco Arias a requerimiento del Ernesto Guevara padre, fue la misma que empleaba para tratar de comprender las otras conductas que tenía su hijo mayor.
Bordeando la objetividad decía el banamocarreño: "Tiene un carácter tan rebelde Ernestito, que no he podido negarle a que jugase en el equipo de mis chicos. Además es uno de los mejores".

Como era ya de natural el ser contestatario, se hizo del Rosario Central sin conocer nada de aquella ciudad, sólo por llevar la contraria a sus amigos del Bouer, que eran de River o de Boca. Cuando alguien le preguntaba "¿de qué equipo eres? ", Él respondía con cierta altivez " de Rosario Central, soy rosarino como mi entrenador Arias".


(Guevara con sus amigos de equipo, primero por la derecha)

En este equipo el Che tenía un ídolo. Se trataba de Ernesto García, apodado el "Chueco" o "El poeta de la zurda", quién después destacaría como extremo izquierdo en el Racing. Lo admiraba con pasión a pesar de que nunca le había visto en persona ni había estado en el estadio rosarino para ver jugar a su equipo.
Más tarde, quizá por seguir dando muestras de rebeldía, ya en Córdoba, fue también seguidor del Sportivo Alta Gracia, contraviniendo la costumbre local de afiliarse a uno de los clubes más importantes de la ciudad, Belgrano o Talleres. Nunca explicó la razón de esta militancia "revolucionaria".
Los años en Alta Gracia contribuyeron para que el cuerpo de Guevara mejorara su capacidad aeróbica, aunque no lograron sofocar el asma, que le duró toda la vida.

Ernesto Guevara no fue un jugador habilidoso, pero era total coraje y tesón. Quienes evocaron más tarde sus actuaciones destacaron que lo que más le gustaba era revolcarse por el suelo.
Todos los biógrafos del "Che" Guevara coinciden: “Era un hombre inclasificable, heterodoxo, tan revolucionario de su propia persona como del conjunto de las cosas”.



Esa actitud ante casi todo se manifestó también en el deporte, del que probó cuantas variantes tuvo cerca, si bien quién le dio la gran oportunidad, más bien le abrió el camino para combatir su asma y mejorar su precaria salud, fue un benamocarreño, Paco Arias, al que un día el caprichoso destino le hizo cruzarse en la vida de un hombre grande.
Fue para la historia su primer entrenador, recordarle hoy es volver a vivir un pasaje que muy poca gente ha podido conocer, fruto de un trabajo de investigación de algo más de cinco años.

Roberto Guevara, su hermano menor, me comentó hace algunos años cuando visitó Málaga y hablamos sobre la historia del benamocarreño y su hermano, que gracias al primero, y si su hermano no hubiese jugado quizás al fútbol, la historia igual nunca le reconocería como el comandante “Che” Guevara, sino quizás un mero y desconocido sargento… “Pelao”.