jueves, 19 de febrero de 2009

LA BOINA FANTASMA


Rafaelillo Pérez Ruiz apareció como un meteorito en el viejo campo del Tejar de Pichilín una tarde de “match footbalistico” del año 1930, y, al verlo la ya entusiasta y joven hinchada veleña, entonces muy concurrida para ver en su ciudad tan nuevo espectáculo “sportivo”, supo de pronto que la tenía conquistada.
Rafaelillo sintió que le había entregado su corazón, se cumplía su último partido de football…
Como el César, “vino, se puso la boina fantasma, y su equipo muy necesitado de triunfos, venció”.
Cuando Rafaelillo, hijo y nieto de peluqueros, llegó a jugar al “football” parecía que ya estaba chabucado como jugador de este nuevo deporte que irrumpía con una gran fuerza en Vélez y toda la provincia.
Eres un “trasto viejo” le pregonaban. Cosa cumplida. Eres un asunto ya finiquitado... le decían.
A Rafaelillo nada más le quedaba la boina, y aquella risa francesa con la que en la "campa" de juego de Capuchinos (hoy día son jardines), adornaba sus geniales travesuras con la pelota casi redonda, y en la vida, como muchacho, apilaba montones de fantasías.
Jugó en varios equipos del pueblo, los formados junto a la antigua estación del tren, la popular explanada del Pozancón, el Barrio del Pilar y la Cruz del Cordero.
De Rafaelillo Pérez Ruiz, los pioneros seguidores veleños, Braulio Murciano, Fenech, Alfonso Castaños o Pepe Casamayor, tenían muchos motivos para recordarlo, y uno, que resumía toda la admiración:
El de aquel partido que presenciaron en el año 1928 cuando en la desaparecida Plaza de Toros de Vélez-Málaga, el sólo y diez más vestidos con las camisetas blancas que les regaló el empresario Antonio Piédrola Giménez, le ganaron al entonces invencible Málaga Sport Club.

Un partido donde el juego; hecho todo de gracia (como el Ave María) y la lucha, de anhelos ardientes y leal fiereza, todo unido, hizo por entonces que aquel encuentro resultara para muchos veleños de esa época inolvidable.
Él sólo y diez más vestidos de blanco. Pero fue Rafaelillo, el jugador cumbre de aquella tarde en el coso taurino y ya “footballero”.
Y eso que era casi un niño, por que siempre además tuvo cara de niño y sonrisa de trasquilón inocente de peluquería.

Hacía cosas de locura en un equipo, al que él le contagió un extraño fulgor. Marcó veinte “goals”, una docena de los cuales, a pura boina, “la boina fantasma de Rafaelillo”.

A sus rivales no les perdonaba una y es a los del Málaga Sport Club, a quién Rafaelillo le marcó aquel gol de palomita o de boinita, merecedor de que en su recuerdo se hubiese levantado en la ciudad un monumento.

Todo sucedió así, faltaban apenas segundos para terminar el partido, el cual iba empatado a seis tantos, cuando Rafaelillo se tiró con todo al alcance de un centro rastronero que desde la derecha le había enviado su compañero Antonio Castaños, aquel celebre centrocampista que lucía un pañuelo en la frente... y en ese momento la boina fantasma, casi al ras del suelo, alcanzó a darle a aquella pelota casi redonda, era el toque que le hacía falta para que cantaran el zumbido de victoria los veleños.
Ganadores del invencible Málaga Sport Club y un héroe entre los 11, Rafaelillo, Rafaelillo ¡Viva Rafaelillo “El Peluquero”!

Un año después repetía Rafaelillo sus hazañas. Su boina llegó a ser obsesión para los equipos que se enfrentaban a la Sociedad Deportiva Vélez Football Club, una obsesión de esas que te perseguían hasta en los sueños.
Poco tiempo después de haber marcado el “goal” de la victoria en aquel partido memorable, su rival malagueño organizó en los Baños del Carmen el partido de revancha y en el que se estudió la forma de neutralizar al delantero emboinado veleño.
La consigna era conseguir que “El Peluquero” saliese trasquilado y no llegara hasta el área malagueña.

Y así cuentan, que le formaron un cerco cerrado entre los defensas, Patricio, Araujo y a veces Vicaría, jugador que también acudía al centro del campo a darle una mano a los encargados de bloquear los movimientos del aquel fenómeno delantero, traviesa su sonrisa y negra boina.

La única vez, la única, que Rafaelillo pudo llegar al área rival aplicó el boinazo, ganó el Vélez y él salió de nuevo a hombros de sus compañeros y aficionados.
La llegada del equipo veleño horas más tarde en el vapor de Málaga fue muy esperada. La Banda Municipal fue enviada por mandato del Alcalde veleño Rafael Santiago para recibir a los “equipiers”.
Rafaelillo fue el primero en bajar, traía sonrisa ancha y bajo su brazo un paquetito con sus botillos y la boina envueltos en papel de diario.

Después de los partidos, armaba en el Café ABC de Luis Peña su maletita y tras un tiempo de tertulia se marchaba calle arriba hacía la peluquería de su familia, que estaba situada a la sombra de la torre de la Iglesia de San Juan, donde allí gozaba de una amplia clientela masculina y femenina, que jubilosa tomó como hábito el festejar en la barbería las hazañas balompédicas y los golazos de Rafaelillo y su boina fantasma.

Fue un veleño modesto, humilde al que quiero recordar en esta historia de fútbol. Me contaron, que sus amigos y seguidores lo quisieron hasta el delirio. Tesoro de afectos que el tiempo se encargaría de cubrirlo de olvidos.

Casi 80 años del gol más recordado de aquel pionero fútbol veleño. No fue un gol como los que se ven ahora de Iniesta, Villa, Kaka Crsitiano Ronaldo o Messi tras un pase en jugada de rodillo de ese genio que ha sido Zidane. Pero aquel tan añejo tanto hizo estallar de júbilos a Vélez-Málaga, mientras que a hombros salía de la antigua y desaparecida Plaza de Toros de Vélez el inolvidable muchacho apodado por el de “la boina fantasma”.
“Vini, boinorum colocorum, vincitorum”.

sábado, 9 de noviembre de 2002

JUAN JURADO, EL JUGADOR MANCO

Retomo en las historias de nuestro fútbol y de nuestro Vélez, el hecho curioso de que en los primeros tiempos de nuestro club, jugó en nuestro equipo un futbolista al que le faltaba el brazo derecho.
Juan Jurado Sánchez, “Manco” como así le apodaban, compartía pelotazos junto a sus hermanos, Manolo, Miguel y Placido. A estos tres últimos se les conocía en la ciudad por el apodo de “los cubanos”.

Como vemos en la foto junto a sus hermanos, Juan, sabía disimular bien la falta de una mano, que perdería muy joven cuando trabajaba de aprendiz de carpintero.
En Vélez hubo un tiempo que a los jugadores de nuestro primer equipo se le conocía sólo por el apodo, era una forma muy familiar y a la vez simpática. También servía como tapadera a la identidad de los que, en paños menores y en cualquier explanada del pueblo, eran criticados cuando se ponían con tesón a practicar como pioneros “footballiers” de un deporte que irrumpía en todos los lugares del mundo.


De las primeras formaciones del Vélez Football Club era muy popular esta alineación netamente de apodos:
Batatero; Galán Tarama, Ciezo, Terry, Sillero; Tito, Canuto, Manco, Canijo y Pirulí.
“Manco”
jugó de delantero junto a sus hermanos, Miguel y Placido. El otro, Manolo, actuaba de medio y de defensa. Eran los primeros partidos que se celebraban en la Plaza de Toros, y poco después en el Tejar de Pichelín.

Sin embargo Juan pasaría después a un segundo plano al dedicarse a árbitro de fútbol. Se puede decir que fue el primer “chaquetilla” que tuvo la fuerza moral y el conocimiento justo para informarse de lo que en esa época era el reglamento del foot-ball y así el correcto significado inglés a las palabras, score, goal , free-kick , goal-kepper...

Se sabe bien poco en el fútbol, de futbolistas que hayan jugado con alguna particularidad física.

Es cierto que hubo muchos futbolistas que jugaron con ciertos cortes en los brazos, manos y dedos, producidos éstos por los clavos que se encontraban en los tacos y suela de cuero de las antiguas botas que calzaban (hoy día para nada permisivas) o fruto del correíllo con que se cerraban aquellos pesados balones marrones.


Se sabe que en Uruguay fue muy famoso el delantero de Nacional y Estudiantes, Héctor Castro apodado “El Divino Manco” (1904-1960), que fue Campeón Olímpico en Amsterdam en 1928, Campeón del Mundo en Montevideo 1930 y Subcampeón sudamericano en 1926 y 1935.


Héctor Castro, curiosamente anotó frente a Perú en el Mundial de 1930 el primer gol de Uruguay en la historia de los Mundiales de Fútbol y también el primer gol marcado en el mítico Estadio Centenario.
Jugó sus mejores años, careciendo de la mano derecha, la cual se la mutiló en un accidente industrial a los 13 años. Siguió en el fútbol como entrenador, entre muchos equipos, del Nacional de Montevideo. Murió con apenas 55 años de un ataque al corazón.

No hace mucho en el fútbol español también conocimos los nombres de tres chavales, Óscar (Berceo) y Edu (Loyola) que jugaban en Tercera División faltándole el antebrazo izquierdo, o el delantero Paquito (Torreblanca) que le falta medio pie derecho a causa de un accidente.
A los dos primeros sus problemas fueron siempre el del equilibrio.
En el 2009 fue noticia nacional el debut ante el Valencia de Alex Sánchez con el Zaragoza en Primera División. Este joven delantero nació sin su mano derecha, pero este hecho no le reprimió en sus aspiraciones de jugar a fútbol y llegar a lo más alto.


Estudiante de Derecho, Alex juega actualmente en el filial del Zaragoza, en Tercera División, y su buen rendimiento le ha permitido estar en alguna convocatoria del equipo maño.
Es por el momento el primer jugador manco que ha jugado en la liga española en sus más de 80 años de historia.
Sea de cualquier forma, el fútbol en estos casos abre fronteras, y es que tener una discapacidad no significa ser menos que los demás. Es cuestión de proponérselo y luchar por ello como así hicieron el uruguayo, Héctor Castro, el maño, Alex Sánchez o hace más de ochenta años el veleño, Juan Jurado “El Manco” en aquél pionero Vélez.

martes, 14 de mayo de 2002

DE SIEMPRE, UN VÉLEZ MUY FAMILAR

La historia de nuestro Vélez C.F. está plagada de apellidos comunes. Hijos que emularon a sus padres, abuelos y tíos, en los muchos partidos que contabilizan nuestra historia en sus diferentes categorías, o hermanos (incluso gemelos) que compartieron la misma camiseta en una misma categoría juvenil.

Un nexo familiar no exento de casos curios, como el defensa, José Luis Junco que tuvo a su padre, el ex jugador del Malacitano, Pepe Junco, como entrenador del C.D. Veleño en la década de los sesenta o de igual manera el delantero, Carlos Fernández García “Tello” que ha tenido a su padre no hace mucho como entrenador del Vélez C.F. durante dos campañas.
En esta relación hay que mencionar a manera también anecdótica a los hermanos Cayuela Ruiz. El mayor de ellos, José, como entrenador y sus hermanos menores Sabino y José Manuel “Paito” como jugadores en la plantilla veleña de la 93-94.

Hagamos un fiel y no menos exhaustivo repaso. Los primeros hermanos que jugaron juntos en el Vélez, fueron los alicantinos afincados en Vélez-Málaga, Pepe y Diego Esclapez Maciá; y los veleños Jurado Sánchez (foto de cabecera), Juan arbitraba partidos, Miguel jugaba de extremo, Manuel de interior zurdo y Placido como delantero centro y que consta como el primer pichichi en la historia del Vélez F.C.. También destacarían los Castaños Monleón, el mayor era Alfonso (más conocido por su segundo apellido) y el menor, Antonio, que jugaba de capitán en el medio del campo.

Todos estos jugadores mencionados son del pionero Vélez de los años veinte del siglo pasado.
Entre los años cuarenta y cincuenta jugarían como centrocampistas en el Vélez C.F. los hermanos Benítez Muñoz, el mayor, Juan y el menor, Antonio. Siguiéndoles después en esa misma década ya en el Vivar Téllez, los malagueños del Barrio de la Victoria y apodados los “Chicolito”. Rafael López Ramírez era portero y se le conocía por “Chicolito I”, mientras que su hermano José “Chicolito II”, lo hacía como hábil delantero.
Coincidirían en la (70-71) los hermanos Paco y Pepe Flores Martín. El primero era defensa contundente y el segundo un incansable luchador en el medio del campo. Tambien relacionamos a los veleños Castillo Pérez, uno era guardameta, Francisco, apodado “Paquillo el Majara” y el otro, el media punta Antonio, alias “Ico” y que jugó en la 57-59.

Los delanteros paleños, Vargas López, José y Manuel jugarían en el Vélez en dos campañas diferentes, la 75-76 y 80-81 y de igual manera en esta misma demarcación actuarían, Antonio y José Gabriel González Moncayo, que en la 79-80 figurarían en algunos partidos de un Vélez C.F. entrenado primero por Pachón y después por Pepe Cayuela.

Los hermanos nacidos en Torre del Mar, Camacho Muñoz, lo harían juntos en la temporada 80-81, Manolo como defensa y centrocampista, y su hermano Rafael, apodado “Fito” como delantero.
En la 83-84 estarían juntos los Pérez España, José y Juani, de igual manera en la 86-87 figuran los hermanos, Pérez Barranquero, hablamos de Antonio y Juan Carlos. En esa misma campaña tenemos que destacar a los Aragüez Pérez, el mayor que jugaba de delantero, Gabriel, se le conoce por el apodo de “Pinki”, mientras que su hermano menor, que lo hacía de centrocampista, siempre ha sido conocido por Alex. Una campaña después (87-88) aparecerían en las alineaciones del Vélez los hermanos Medina Martín, Antonio “El rata” y Miguel, este último con el apodo de “Marcelino”.


A comienzos de los noventa, tenemos a los Maté Ruiz, el más joven era Paquito que jugaba de centrocampista y el mayor, Quique, como delantero; en la 93-94 los hermanos Sabi y Paito Cayuela, en la (94.95) seguirían los Morales Bautista, hablamos del centrocampista Rafa Morales y de su hermano, José Miguel, apodado “Chemi” y que jugaba de media punta. También en nuestra relación aparecen los Aparicio Olmo, el delantero Dani y el centrocampista Rubén. Por esas fechas también es justo mencionar a los veleños, Pino Gálvez, Manolo como defensa (01-02) y Pepe, el primero en debutar en la (97-98) como delantero. En la 99-200 a los hermanos granadinos, Arroyo Correal, hablamos del defensa Miguel Ángel y el delantero, José Antonio, que jugaron muy poco ambos en el club veleño.


En la 2002-03 sí aparecen en muchas alineaciones del Vélez en Tercera División, los hermanos nacidos en la localidad de Cajíz, Rubén y José María Quintero. De igual manera aparecen los Castillo Ramírez nacidos en Rincón de la Victoria, el zurdo Aitor y defensa Enrique que compartieron viajes y alineaciones en la 2003-04.


En el transcurso de la historia de nuestro Velez, hay que destacar también a hermanos que en diferentes décadas se cedieron el testigo futbolístico. El primer caso es el de Antonio López Jiménez “Bemba” (59-60) con su hermano Juan, el popular defensa y capitán del equipo en los sesenta y setenta, “Chani”. Por esa época señalamos a los Domínguez Escalona, en concreto a Pedro (52-54), Domingo y Manolillo, que jugaría cinco años después en el C.D. Veleño de Paco Castejón y Juan Antonio Aparicio. Le seguirían los torreños, Cotilla Tesoro, el defensa Miguel (67-68) y Carlos en la mitad de los ochenta, los veleños; Ramírez Serapio, el mayor José Antonio “Buri” jugaría de delantero en la 72-73 y siete años después le seguiría David, también conocido por “Platanero” y que actuaría de defensa y tambien de pivote en el medio del campo. En esta sección de suceder a un hermano en el equipo veleño, está la del portero Antonio Romero “El gamba” (87-88 y 90-91) y su hermano menor, el centrocampista Mario que jugaría algunos encuentros en la campaña 92-93.

En el relevo de padre a hijo, podemos destacar a los torreños, José Mari Martín (72-74) y su hijo de igual nombre deportivo en la (02-03 y 05-07) y los López, Miguel, el padre y que jugó en la 57-59 y su hijo el extremo, interior y capitán de equipo, Arturo, que llegaría al Vélez procedente del Malagueño en los finales de los noventa y que estuvo en el Vélez hasta el año 2004; la del portero y después por más de cuarenta años utillero, Antonio Ferrer “Fraguas” con su hijo, el defensa Bienvenido; la del centrocampista paleño, Julio Cobos Gómez (73-75) con su hijo, también Julio, en esta campaña 08-09. Ambos con un exquisito toque de balón… o lo que es lo mismo, de tal palo tal astilla.

No olvidamos a los malagueños, Berrocal, ambos defensas centrales, el padre Manuel (78-79) y su hijo Miguel (99-00 y 01-02). Aparecen en esta lista los rinconeros, Bravo Moreno, esto es, Pedro (80-83) y Antonio (82-83) que dieron el testigo a su hijo y sobrino respectivamente, Juan Pedro Bravo (97-98); los veleños Esteban Vigo Benítez (70-72) y su hijo Esteban Vigo Ariza, que jugó en las campañas (03-06); el portero Manolo Guerra (57-58) y su hijo el centrocampista, Manolo “Pescailla” en la mitad de los ochenta; y los Flores, Pepe cedería el testigo a su hijo, el defensa Gabriel Jesús “Gabi” en la 04-06. Sin olvidar a los Tello, padre e hijo en diferentes épocas en la delantera veleña.
La familia más prolifera en dar jugadores al Vélez es sin lugar a dudas la de los López Jiménez. El abuelo Antonio López Fuentes jugaría de extremo izquierda por los finales años veinte, la saga continuaría con sus hijos, Antonio y Juan. Actualmente sigue el testigo futbolístico su nieto el defensa zurdo, Benjamín López “Benji”. Este jugador tiene otra referencia importante en el fútbol veleño, la de su abuelo por parte materna, el fino centrocampista y gran amigo mío, Pepe Hidalgo Reyes (década de los 50).

La segunda posición en esta lista de apellidos notables de nuestro fútbol, es para los hermanos Ruiz Hierro, Antonio, Pepito y Fernando que jugaron en el primer equipo veleño, su hermano Manolo sólo lo hizo en el juvenil y el padre de ellos, Antonio Ruiz “Zocato” como interior en la década de los cincuenta. Volviendo a Manolo, este sería hasta presidente del Vélez C.F.
A los apellidos que resaltamos, destacamos también el de los Fúnez. El abuelo, José Fúnez militó en la (39-41), su hijo Pepito en los finales de los cincuenta y el sobrino de este, Antonio Anaya (84-85 y 87-88) militaron en el primer equipo veleño. Todos ellos curiosamente como zagueros.

  Nombres, apellidos y motes familiares que forman parte de la historia de nuestro club. En algunos casos se trata de padres e hijos, como los que ahora vemos, unos jugando otros ya de vuelta animando en la banda o en la esquina del corner. También como habréis comprobado, muchos hermanos, tíos y demás tipos de parentesco. El apellido les ha servido en algunos para triunfar. A otros, para fracasar. Pero a ninguno les quita eso de hacer, si cabe, mucho más querido a este nuestro Vélez C.F. más familiar.

sábado, 11 de mayo de 2002

PAQUILLO DÍAZ, EL ENTRENADOR DEL "CHE"

El nombre de Ernesto "Che" Guevara de la Serna (1928-1967), está unido, como ya se sabe, a la epopeya libertadora de Cuba por su contribución a la lucha revolucionaria. En cambio su vinculación al deporte, natación, fútbol, rugby, boxeo y ajedrez, es quizás la gran desconocida y en ella tuvo una gran incidencia un emigrante malagueño de Benamocarra, Francisco Díaz Arias.

Hablemos primero del Che. Corría el mes de mayo de 1930 y un niño de dos años que después escribiría páginas importantes de la historia, le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria. El asma fue una tragedia familiar para Ernesto Guevara Lynch, el padre del “Che”, que por orden de su médico decidió llevarse a su hijo en 1932 a la localidad de Alta Gracia, ubicada en la Sierra Chica, al sur de Córdoba (Argentina).

Allí los aires eran mucho más saludables y de esta manera Ernesto fue conociendo el asma, y el asma fue conociéndole a él, y ambos advirtieron que no sería fácil el pulso que mantendrían, ni la sofocada convivencia. Nadie podía imaginar que aquel niño débil y flacucho (el asma lo hacía parecer más chico que su hermano Roberto, que era menor), se convertiría en un deportista obstinado.

La gran culpa de su amor al deporte y en un principio al fútbol, le llegaría gracias a una familia de malagueños procedentes de Benamocarra que habían abandonado su tierra a consecuencias del alzamiento franquista.
Los padres del joven "Ernestito" que eran favorables al bando republicano en la Guerra Civil española, acogieron a varias familias de exiliados, entre ellas los valencianos Granados Aguilar y los malagueños Díaz Arias, con estos últimos tendría la familia Guevara una amistad imperdurable.

La familia de Francisco era prácticamente de El Borge, sin embargo ésta emigró a Benamocarra a principios del siglo pasado, naciendo nuestro protagonista en 1902, siendo con el tiempo uno de los jóvenes jugadores del primer equipo de foot-ball que se conoce en esa localidad, hablamos del C.D. Invencible. 
Marcharía a Barcelona unos años más tarde y de ahí reclutado para ir a la Guerra de África con el Regimiento de Infantería Jaén 72 en el Batallón de Tetuán, donde tuvo la fortuna de sobrevivir en la contienda africana y poder volver a su tierra.

A Paco Arias, se le conocía más por su segundo apellido, en más de una ocasión había jugado como delantero en partidos amistosos con el Vélez F.C. en la antigua plaza de toros en 1925 y poco después en el campo del Tejar de Pichilín.  Lo hizo siempre invitado por su amigo y paisano, Francisco Quero Ruiz,  pionero defensa en la historia del fútbol veleño y también jugador del Sporting de Málaga, "footballier" que había nacido en el vecino núcleo de Triana (Venta de Montoro) el 2 de marzo de 1910.

Los tristes sucesos acaecidos durante la Guerra Civil, hizo que los Díaz Arias como tantas familias de malagueños tuvieran que “emigrar” forzosamente de Benamocarra.
Eran los primeros días del mes de febrero de 1937, cuando esta familia tuvo que iniciar por la costa malagueña una huida con dirección a Almería.

En el camino hacia Nerja, y fruto del bombardeo de los aviones alemanes e italianos que peinaron el éxodo malagueño, Paco perdería a causa de la metralla a su mujer Teresa y a un hermano de ésta, Antonio, que también les acompañaba en la huida. Arias a duras penas pudo transportarlos ya mal heridos hasta la localidad de Adra, donde ya nada se pudo hacer por ellos, siendo enterrados junto a otras personas fallecidas, al norte del viejo muro del cementerio de esa ciudad.


Dos semanas más tarde, desde Almería tras estar amparados en Casas de acogidas "Socorro Rojo " pudo pasar a Valencia y poco tiempo después llegar a Barcelona, donde tras varios días de angustiosa espera, logró superar el filtro de algunos controles militares y poder tener la oportunidad de embarcarse rumbo a la Argentina.

Caprichoso es el destino, Paco Arias, su hermano José y su cuñada María Luisa se ubicaron en los primeros meses de 1939 en la localidad de Alta Gracia (Córdoba) y muy pronto se relacionó con el ambiente obrero socialista de aquella ciudad, y con la figura de Ernesto Guevara padre.
La amistad que poco a poco fue entablando este benamocarreño con la familia Guevara, hizo que el pequeño "Chancho", entonces no era apodado como “Che”, conociera con más detenimiento las reglas del foot-ball y su amor hacia este bonito deporte.


                    (Arias con parte de su familia y el pequeño Guevara con el balón)

Paco Díaz Arias además de trabajar de carpintero, entrenaba dos veces por semana al equipo de la escuela de la cercana localidad cordobesa de Bouwer.
Es por eso como, desde allí y a espaldas de sus padres, pudo alinear de guardameta al pequeño Ernestito, y al que ya sus amigos también le apodaban de otra manera, "Pelao", por los particulares cortes de cabello que muy asíduamente lucía.

El de Benamocarra sabía que el asma limitaba mucho al pequeño (que por entonces andaba con los hombros levantados por la respiración forzada), y pensó que si jugaba de portero, éste estaría siempre mucho más descansado a la vez que tendría el inhalador de Aspomul cerca de la portería y no acabaría atacado siempre por la tos.

Al chaval la idea de jugar de portero y a escondidas, especialmente en los días que tenía clase de natación (estilo mariposa) que le daba el campeón argentino, Carlos Espejo, le motivaban mucho.
Era un reto para él, ya que jugaba merced a dos voluntades enormes: la suya, con la que peleaba contra la lógica y las no menos encontradas disposiciones médicas. Tanto fueron sus deseos de jugar al fútbol, que se procuraba hasta una gorrita similar a la de aquellos antiguos cancerberos que él veía retratados en la prensa. Pero eso sí, cuentan que se la ponía con la visera siempre hacia atrás.

En cierta ocasión leí al biógrafo del “Che” Guevara, Hugo Gambini, que decía:
"Cuando la situación así lo requería, era capaz de dejar los tres palos y ponerse a marcar al rival más peligroso del equipo contrario con el consiguiente gran riesgo para su salud. Avanzaba como un silbido tenue y se iba descomponiendo para convertirse en una especie de rebuzno. Desfilando con la sincronía de un ejército, el jadeo, la asfixia y el miedo sobrevenían uno detrás del otro, ensayando una rutina de la que sólo se sabe que no hay que esperar al final.

Ernesto ahogado hasta añorar el oxigeno, no tenía más remedio que dejar a su equipo y corría hacia uno de los postes de la primitiva portería buscando un objeto que casi le devolvía la vida. Inhalaba profundo, se recomponía, y muy pronto regresaba al campo de juego para que los suyos volviesen a contar con once integrantes. Luego el ciclo recomenzaba, se agotaba, recomenzaba y se agotaba... ocurría varias veces por partido".


                                                          (Ernesto Guevara con su padre)

Aspira, expira, corre, salta, nada, cae, se sentaba, estudiaba, leía, aspiraba, expiraba y corría de nuevo para encontrarse con el malagueño que lo llevaba a hurtadillas a jugar.
Cuando en la casa paterna se descubrieron las cada vez más habituales fugas de Ernestito hacia la improvisada cancha de Bouer para jugar al fútbol, la explicación que daba el malagueño a requerimiento del Ernesto Guevara padre, fue la misma que empleaba para tratar de comprender las otras conductas que tenía su hijo mayor.

Bordeando la objetividad decía el banamocarreño: "Tiene un carácter tan rebelde Ernestito, que no he podido negarle a que jugase en el equipo de mis chicos. Además es uno de los mejores".

Como era ya de natural el ser contestatario, se hizo del Rosario Central sin conocer nada de aquella ciudad, sólo por llevar la contraria a sus amigos del Bouer, que eran de River o de Boca. Cuando alguien le preguntaba "¿de qué equipo eres? ", Él respondía con cierta altivez " de Rosario Central, soy rosarino como mi entrenador Arias".


(Guevara con sus amigos de equipo, primero por la derecha)

En este equipo el Che tenía un ídolo. Se trataba de Ernesto García, apodado el "Chueco" o "El poeta de la zurda", quién después destacaría como extremo izquierdo en el Racing. Lo admiraba con pasión a pesar de que nunca le había visto en persona ni había estado en el estadio rosarino para ver jugar a su equipo.
Más tarde, quizá por seguir dando muestras de rebeldía, ya en Córdoba, fue también seguidor del Sportivo Alta Gracia, contraviniendo la costumbre local de afiliarse a uno de los clubes más importantes de la ciudad, Belgrano o Talleres. Nunca explicó la razón de esta militancia "revolucionaria".
Los años en Alta Gracia contribuyeron para que el cuerpo de Guevara mejorara su capacidad aeróbica, aunque no lograron sofocar el asma, que le duró toda la vida.

Ernesto Guevara no fue un jugador habilidoso, pero era total coraje y tesón. Quienes evocaron más tarde sus actuaciones destacaron que lo que más le gustaba era revolcarse por el suelo.
Todos los biógrafos del "Che" Guevara coinciden: “Era un hombre inclasificable, heterodoxo, tan revolucionario de su propia persona como del conjunto de las cosas”.



Esa actitud ante casi todo se manifestó también en el deporte, del que probó cuantas variantes tuvo cerca, si bien quién le dio la gran oportunidad, más bien le abrió el camino para combatir su asma y mejorar su precaria salud, fue un benamocarreño, Paco Díaz Arias, al que un día el caprichoso destino le hizo cruzarse en la vida de un hombre grande.
Fue para la historia su primer entrenador, recordarle hoy es volver a vivir un pasaje que muy poca gente ha podido conocer, fruto de un trabajo de investigación de algo más de cinco años.

Roberto Guevara, su hermano menor, me comentó hace algunos años cuando visitó Málaga y hablamos sobre la historia del benamocarreño y su hermano, que gracias al primero, y si su hermano no hubiese jugado quizás al fútbol, la historia igual nunca le reconocería como el comandante “Che” Guevara, sino quizás un mero y desconocido sargento… “Pelao”.

martes, 30 de abril de 2002

" MUNI- QUEOP"

Tomando el sol con mi hija en un parque cercano a casa, pude ver un interesante partidillo de fútbol en el que competían dos equipos de cuatro chavalines. Las porterías eran los bancos que tenían en el mismo parque por donde pasaban constantemente el chorreo de otros pequeños jugando a otros juegos.
Ese partido era de pelotazo va y pelotazo viene… pero a otros niños, madres y abuelos sentadas en los otros bancos continuos, todo ocurría sin sobresaltos en el guión normal de una tarde de primavera…
Estas circunstancias de indiferencia me llevó a recordar como empezó todo esto del balompié y como fue y como se combatió a principios del siglo pasado la denominada “cruzada contra el football callejero”…

Frenar el impulso natural de los niños a la hora de golpear la pelota en cualquier lugar del pueblo, era casi una misión imposible en la Vélez-Málaga de finales de los años 20.
Esta circunstancia produjo por parte de la Alcaldía, que era presidida por D. Rafael Santiago, el establecimiento de una severísima orden, para que los agentes de la Policía Urbana, impidieran que las calles y plazas se convirtieran en "campas de football".
Por muchas de ellas, Barrio de La Villa, Félix Lomas, Alhóndiga, Alberquilla, Cruz Verde, etc., apenas era posible circular a una hora determinada, sin que el transeúnte se viese expuesto a que aquellas pelotas fabricadas de trapo y también balones adquiridos por los más pudientes, se plantase en sus narices. Una orden en definitiva para evitar el incordiante instinto infantil, que era como querer clandestinizar el propio juego, en este caso, el foot-ball, que los más jóvenes solían practicar en explanadas ya marcadas por la Guardia Urbana como más importantes de confrontacion futbolera, estas eran las de la Estación del tren, Plaza de la Constitución, jardines de Capuchinos y calles menos concurridas…



Ante tal bando, era muy normal en los años veinte que, mientras unos jugaban otros estuviesen muy atentos a la llegada del policía que les podía quitar la pelota o ponerles una multa a sus padres. Así que para evitar males mayores, se ideo una consigna o frase para salir por píes cuando las autoridades se acercaban por la zona donde se dirimía aquellos entretenidos “moloch futboleros”.

Según me comento en su día el pintor, Paco Hernández, hijo del guardia urbano Vicente, la palabra clave que los chavales utilizaban era, “muni queop” o lo que era en cierta medida la frase abreviada de, municipal que os quita la pelota.

Dio resultados positivos la utilización de esta frase y así nuestros primeros practicantes y jóvenes del lugar pudieron incubar su entusiasmo por el deporte de la pelota, mientras que en varias zonas de la ciudad se decía a modo de crítica, “ya no se juega a pelota con la mano, ahora se juega a patadas, y dicen que adelantamos…”

domingo, 28 de abril de 2002

NUESTRA PATRONA Y EL FÚTBOL


Muy pocos veleños conocen, que gracias a la primera aportación económica de los jugadores y directiva de la U.D. Veleña, se consiguió que poco a poco nuestra excelsa Patrona la Virgen de Los Remedios Coronada, pudiera tener un nuevo trono y así procesionarse con mayor brillantez por las calles de nuestra ciudad.
La imagen, según los historiadores, fue traída por una dama veleña María Calderón, desde Granada a finales del siglo XVI, donde pasó en un principio a ser devocionada en la iglesia de San Francisco, para luego trasladarse al popular cerro de San Cristóbal.
Sin duda es este uno de los monumentos más singulares de nuestra ciudad, tanto por la ubicación, ya que se domina todo el paisaje de Vélez, como por el cariño que la ciudadanía muestra por la imagen. Ermita construida a mediados del siglo XVII, aunque sufrió importantes reformas posteriores.

Entrada la década de los cincuenta, y tras la renuncia del Vélez C.F. a jugar en categoría federada, la U. D. Veleña, conocida popularmente por “La Paja” tomaría el relevo como primer representante del fútbol en nuestra ciudad en competiciones regladas por la Federación Sur.
Tras la reunión de su junta directiva, que estaba presidida por Luis López Muñoz, decidió en el mes de mayo de 1954, en ayudar a esta Hermandad en la campaña Pro-Trono para su Patrona.

El equipo para recaudar fondos, celebrró dos emocionantes encuentros de fútbol, uno contra el entonces equipo revelación, el Loreto C.F de Aviación (6 junio) y otro contra el siempre interesante, Atlético Malagueño (13 junio).
En ambos partidos se disputaría una magnífica Copa que había sido donada por la Caja de Ahorros de la Diputación Provincial.
Por ello y como se puede comprobar en los programas de mano de aquella época (foto superior) que se editaron, el origen de la construcción del segundo trono y que en la actualidad tiene la Patrona de Vélez-Málaga (el original y de madera está en su Ermita) llega de inicios con el fútbol.
Algo parecido ocurriría años antes con el Vélez C.F. y la Cofradía del Cristo de los Vigías (1948) o con los equipos locales, Betis Veleño, Club Atlétic Veleño y Sporting Club, a la hora de recaudar fondos para el resurgir de nuestra Semana Santa y en lo que fue el Torneo Deportivo Copa “Nuestra Sra. de los Desamparados”.

El 20 de mayo de 1956 la Virgen de los Remedios fue nombrada, “Alcaldesa Perpetua de la ciudad”, siendo bendecida en un acto en el que actuaron de padrinos Don Juan Barranquero Aponte (Alcalde, ex jugador y fundador del Vélez C.F.) y su esposa doña María Altamirano

Desde entonces y tras esos lazos entre el fútbol y nuestra Patrona, uno de los principales motivos de las visitas del primer club de la ciudad, no es otro que pedirle todo lo mejor para su equipo en la eminente campaña que se va a disputar.

Es por ello que el club veleño celebre una misa y le haga entrega a la imagen de varias canastillas con flores. Los jugadores del Vélez C.F. durante muchas campañas y en especial cuando conseguían algún título deportivo o ascenso de categoría, devolvían a modo de agradecimiento su visita a La Ermita del Cerro, y ofrecían a la Patrona el éxito obtenido.




Una de las ofrendas más recordadas, fue con motivo del primer ascenso conseguido a la categoría de Segunda División B (1995). Cientos de personas esperaban con bastante tiempo de antelación, la visita de su equipo titular, acompañados por las autoridades municipales, al acto en el que los futbolistas obsequiaron a su Patrona con bonitos ramos de flores y un banderín bordado en oro como recuerdo de aquella tan bonita e inolvidable efemérides. Esa ofrenda la realizaría el directivo, entonces más joven, Manolo Gutiérrez.
Es de destacar que en la campaña 2006-07 la junta directiva del Vélez, presidida por Francisco Medina Olivares y por unanimidad decidió ofrecerle a nuestra Patrona el escudo de oro del club, acto que se celebraría en el mes noviembre de 2006.
Es ya muy normal ver a más de un jugador veleño, llevar pegadas en cada una de sus espinilleras una foto de su Patrona, o que esta esta presente en algún rinconcito del vestuario del Vivar Téllez.

sábado, 13 de abril de 2002

EL FÚTBOL Y NUESTRA SEMANA SANTA


Es obvio que la Semana Santa veleña que disfrutamos todos hoy, es el resultado de una particular evolución, y en donde las circunstancias históricas, tradiciones, gustos estéticos y modos de entenderla y vivirla por sus protagonistas, han hecho que se configure, gracias a muchos esfuerzos, de una manera determinada.

Este artículo quiere ir encaminado a recordaros que el fútbol veleño contribuyó de manera también importante, a que las hoy magníficas procesiones por la ciudad, fueran de nuevo una realidad.

Así ya se puede comprobar por la prensa, de un partido entre el Vélez CF y una Selección local a beneficio de la Real Cofradía del Santo Sepulcro. Encuentro que ganó el titular veleño por el resultado de 5-1 y además con la anécdota que alinearía este a sólo diez jugadores (Fernández, López, Esclapez, Antonio Pérez, Bernardo, López, Andérica, Rafaelillo, Fuentes y Castaño II ).

Este partido benéfico que según se relata, el colegiado Sr. Altamirano, no pudo llegó a concluirlo en buena manera, ya que lo suspendería a falta de algunos minutos obligado por las malas artes de dos jugadores del primer equipo, los hermanos, Manuel y Miguel Jurado, que serían apartados definitivamente del club veleño.

Años más tarde, tras los crueles episodios de nuestra guerra civil, algunas Cofradías pudieron salvar sus sagradas imágenes titulares o parte de ellas; otras lo perdieron absolutamente todo, e incluso, desparecieron de la escena procesionista veleña. A pesar de la situación tan poco halagüeña y de grave crisis económica que sacudía al país, las Cofradías no se detuvieron e iniciaron prontamente al proceso restaurador de su Semana Santa.

El deporte y en este caso el fútbol en Vélez-Málaga, empezaría a finales de los años 40 a cobrar de nuevo un principal protagonismo como la única diversión en las tardes de sábado y domingo.
Ante la falta de un club en competición federada, ya que el Vélez F.C. jugaba sólo amistosos, la ciudad en sus diferentes barrios, albergaría a otros representantes futbolísticos.

Ahí estaban su remozada cantera y los populares, Betis Veleño (representativo a la zona del Mercado) con los Paco Castejón, Pepe Luis Ramos, Juaneque y Juanequillo, Lobillo, Ernesto Escalona, Federíco Ruiz, Arandilla...

La Balompédica del Barrio de Capuchinos que tenía un equipo bastante peleón con los Paillo, Chavarri, Cristino Pareja, Villalba, Morales, así también el Frente de Juventudes, o el popular Atletic Veleño de la Plaza de La India, con jugadores que recordamos como, Pepe Palma, Coín, los hermanos Juan y Antonio Benítez, Montosa, Paco Farré, Mambrolla...


El Sporting Club Veleño en el que militaban entre otros, Juan Lobato, Eugenio Zorrilla, Lauro, Langarita...
El Deportivo O.A.C (Obreros de Acción Católica) apodados también como “Los Piratas” y que tenía como referencia a los entornos de la Plaza de San Juan. De este equipo sobresalían entre otros, el guardameta, Antonio Ferrer “Fraguas”, Emilito, Pepe Reyes, Luchana, Fernández Lozano, Juan Domínguez

También participaría en algunos partidos el Comercio F.C. que representaba a la calle Las Tiendas y que lo había fundado el comerciante textil, Gonzalo Acuña Gómez.

Es por ello que el fútbol fuera, por las personas que aglutinaba, uno de los muchos objetivos de la Agrupación de Cofradías para obtener buenos recursos.

De esta manera, el año 1948 del pasado siglo lo debemos de tomar como referencia de partida, y donde podemos comprobar cómo se sucedieron numerosos encuentros de fútbol a beneficio de algunas populares Cofradías de la ciudad.

Datos que en su momento aportamos para la edición del Libro “50 años de la Agrupación 1948-1998” editado por la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Vélez-Málaga y editado en la Imprenta Corral.

Todos los equipos de los diferentes barrios de la ciudad unieron esfuerzos y decidieron promover, junto a la nueva Agrupación de Cofradías, algunos torneos con los que poder recaudar alguna cantidad para que de nuevo sus imágenes pudieran salir lo más solemne posible por las calles de Vélez-Málaga.

La poca propaganda de aquella época que se conserva, muy en particular la de mano y en forma de unas cuartillas finísimas de diversos colores que imprimían la desaparecida Imprenta Imperio y la de Juan A. del Corral, nos da fe de partidos celebrados en los meses de marzo, abril y mayo de 1948.
El 19 de marzo se juega un Vélez C.F. (reforzado con varios jugadores del C.D. Málaga) ante la Escuela de especialistas de Aviación y a beneficio íntegramente de la Cofradía del Cristo de los Vigías. Partido en el que se alcanza a recaudar 3.300 pesetas.

Unos meses después es la Cofradía de excombatientes de Ntra. Sra. de los Desamparados quién organiza un Torneo que dura varias semanas y en el que colaboraba el Ayuntamiento veleño otorgando al equipo campeón una preciosa Copa de plata. Los partidos se disputarían en el desaparecido campo de juego del Tejar de Pichelín con los clubes anteriormente mencionados.


Se recaudaría en la Copa “Ntra. Sra. de los Desamparados” cerca de 8.000 de las antiguas pesetas, eso sí para ello hubo de celebrarse dos finales, ya que en la primera de ellas (30 de mayo de 1948) entre el Atletic Veleño y Betis Veleño el partido había concluido en empate (dicen que estaba pactado así) entre futbolistas y cofrades para buscar más taquilla en un segundo partido que se celebraría el 6 de junio.

El reclamo en los programas de mano ya avisaba a los aficionados de “Contribuir a vuestra Semana Santa, al tiempo que pasáis una tarde grata asistiendo a los interesantes partidos”.
Otros de los reclamos decían “Coopera al resurgir de tu famosa Semana Santa” o ¡Veleño! Contribuye al esplendor de nuestras ya suntuosas procesiones”.

Ya con el tiempo este tipo de partidos a beneficio de alguna Cofradía se fue perdiendo, quizás porque estas ya conseguirían, entre sus muchos hermanos, la posibilidad de buscar recursos en otros frentes que no fueran meramente en lo futbolistico, ya que algunos clubes desaparecieron y el Vélez con nuevo campo, el Vivar Téllez inaugurado en 1951 y con nueva categoría ya empezaba a vivir su particular “procesión” económica para salir adelante.

sábado, 5 de enero de 2002

AL AFICIONADO VELEÑO


La impresión que tuve cuando pisé por primera vez el estadio Vivar Téllez a finales de los años ochenta, nunca la podré olvidar. Sinceramente, era un terreno de juego diferente a los demás... muy particular, más bien especial.
Recuerdo que jugaba el Vélez entrenado por un tal Pepe Ríos, contra el Centro de Deportes El Palo y que había bastante gente animando a los dos equipos. Se palpaba en el ambiente una gran rivalidad.
Más que del desarrollo del encuentro, he de confesar que estuve más pendiente del entorno, de la gente que rodeaba aquel domingo de fútbol tan necesitado, por las dos aficiones, de los entonces dos puntos que había en juego. Observé sus peculiares maneras de vivir y sentir a su equipo, sus expresiones mezcladas entre sobresaltos, alegrías y tristezas, todas ellas derivadas de un simple y mero partido de fútbol.
Aquella primera vivencia, hoy hace casi 20 años, las anoté junto a otras tantas, en ese “cuadernillo” hasta la fecha imborrable de mi memoria, eran mis primeras experiencias como modesto periodista deportivo en Radio Costa de Algarrobo, nunca pensando en que un día como hoy quedarían reflejadas en este blog...
Siempre desearé que éstas permanezcan imborrables. Son en definitiva el simple y grato recuerdo de aquellos personajes muy particulares, jugadores, directivos, entrenadores o aficionados, algunos ya no están con nosotros, y que vivieron muchos domingos de fútbol en Vélez-Málaga de una manera entusiasta, como dije antes, muy especial...

Mi visión fue comprobar, que una vez por semana, el aficionado al balompié huye de su casa y asiste al estadio.
Observé como flameaban tres banderas en la puerta encalada, arqueada y recién remodelada por los hermanos Toboso del Vivar Téllez. Ya dentro del campo puede ver como calentaban los jugadores, como se olía a linimento que nos llegaba desde la caseta del siempre, eterno y popular, Antonio Ferrer Corpas “El Fraguas”, mientras que un tal Armando Escalona “El Tacones”, arrojaba agua con manguera en mano y con el torso sudoroso y semidesnudo, sobre el poco albero que quedaba en la zona de fondo. Armando, decía Juan Lopéz Jiménez "El Chanin", moja mas el "césped" que hoy hace mucha calor...

Se palpaba que la ciudad parecía desaparecer por algo más de noventa minutos, que la rutina se olvidaba, y sólo existía el recinto deportivo, un tanto ladeado y rectangular donde se verían las caras los veintidós jugadores.
Un espacio sagrado, con una única religión que no tiene ateos y que exhibía en esos instantes a sus divinidades.
Aunque el socio o el hincha veleño, sabía que podía contemplar el milagro de la victoria sentado cómodamente frente a la pantalla de su televisor, eso sí, un día o dos después y en diferido en las pioneras televisiones por cable que en aquellas fechas irrumpían en nuestra ciudad, Velevisa y Electrovideo Tv, éste prefería emprender su peregrinación hacia el estadio después de tomar un buen café en el Bar Niza.

Comprobé que todos los aficionados tomaban, casi hermanados, la dirección hacia el Vivar Téllez, lugar donde iban a ver en carne y hueso a sus “niños” batiéndose a duelo contra los “demonios” de turno.
Aquí, el hincha veleño empieza a tragar saliva, tragar veneno, incluso el humo de los puros que fuma un tal Juanillo Herrera, que acaba de alisar con el viejo colchón de muelles y después de alinear con cal, el terreno de juego.
Unos se comían las uñas susurrando plegarias, otros buscaban el lugar de encuentro con sus amigos de siempre, en el corner de Carmen Lago o tras el banquillo local, y un tal Salvador López Castillo, apodado “Vinagre”, ya se hace notar a lo lejos con su voz rota y ronca en las para todos habituales amenazas y maldiciones... ¡Y una mierda para el que no diga Vélez!... se oye de su parte.
Y de pronto, sin esperarlo y sin darme cuenta que el partido ya había comenzado, se rompen las gargantas en una sonada ovación, y todos saltan como pulgas abrazando al desconocido que grita ¡goooool! a su lado.
Ha sido gol sí, marcado de zurdazo por un tal Juani España.
Mientras dura esta misa pagana de celebración, el hincha veleño se convierte en muchos. Como cientos de otros devotos, comparten la certeza de que son los mejores, que todos los árbitros están vendidos y hay que tirarlos como en los años sesenta decían, a la alberca próxima de “El Coleno” y que todos los rivales que nos visitan, son unos tramposos. Y es que, el enemigo es siempre el culpable…

Comprobé que rara vez el aficionado dice: “Hoy juega mi equipo”. Más bien comenta: “Hoy jugamos nosotros”. Sabe además, el denominado jugador “número doce”, que él es quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, y eso bien que lo saben los jugadores rivales, que jugar sin afición, es como bailar sin música.
Cuando el partido termina, el aficionado veleño, que no se ha movido de su lugar estratégico en el campo, solo para la cervecita y el picoteo del momento, celebra su victoria y comenta:
¡Que goleada les hemos metido, que partidazo hicimos!
También sabe llorar las derrotas...
¡Otra vez nos estafaron, vaya árbitro ladrón! ¡Arbitroooooooooo!

Y entonces el sol se va... y el aficionado poco a poco también.
Caen las sombras sobre el Vivar Téllez que se va quedando vacío, huérfano de luces, voces y emoción. Sólo quedan los delegados de uno y otro equipo, por el veleño, Fali Sánchez
“El Pollero” y mi querido Enrique Atencia Portillo, ambos esperando el acta que está rellenando el colegiado, y que para el que perdió el partido, siempre se le hace eterna la entrega del “papelito” que le acredita oficialmente como perdedor.
El estadio Vivar Téllez se queda poco a poco sólo y también el hincha que regresa a su soledad, ese “yo” que ha sido el nosotros: el aficionado se aleja, se dispersa, se pierde camino del Reñidero, Canalejas, Capuchinos o el Barrio de la Villa... y el domingo acaba siendo melancólico, como un miércoles de ceniza después de la muerte del carnaval...
Es el momento en que Armando Escalona, retira de la entrada del campo sus carteles hechos a mano con fotos del Vélez recortadas del periódico “El Sol” y de poner los dos candados oxidados en las cadenas de las puertas del Vivar Téllez, mientras no muy a lo lejos se oye decir...
¿Por cierto niño, que equipo será el próximo que juega en casa?
¡El Motril! contesta un flaco y desgarbado chaval de nombre Fernandito, de apellidos Ruiz Hierro, que sueña con jugar algún día en Primera División junto a sus hermanos, Antonio y Manolo
“Bueno tranquilo niño” dice “El Tacones”… “Que a esos también les ganamos nosotros, aunque sea a “pedrás”.
Desde aquel día, sin ser nativo de esta ciudad, el Vélez me enganchó... era, es, y seguira siendo con o sin, "El Pollero", "El Tacones", "El Vinagre", "El Fraguas" etc, etc, un equipo diferente.

miércoles, 12 de diciembre de 2001

PELOTAZO A LA GLORIA

Este relato es muy singular, muy poco conocido y que para los amantes del fútbol a buen seguro os va a gustar. Es sín duda una de las historias más hermosas que pude investigar sobre el deporte rey.
La historia se centra en el período de la I Guerra Mundial, 1914-1918 y en especial en un oficial inglés nacido en Twickeham (1894), Wilfred Percy Nevill, quién pateando en primera línea de trincheras un balón de fútbol, llevó a su batallón a ganar la batalla de la Somme (Francia) contra las tropas alemanas. Es la verdadera historia de un soldado con un enorme espíritu deportivo, y que en línea con la tradición típica inglesa de aquellos entonces, sintió que la guerra era como un juego de fútbol, asimilando que cuando atacaban las posiciones ocupadas por los alemanes en Francia, esto se trataba de un partido pero a vida o muerte. Pero conozcamos primero aquella guerra, que fue mucho más lenta de lo que sus "precursores" preveían. Fue este, un enfrentamiento militar totalmente diferente a los que se habían desarrollado con anterioridad en el continente europeo. Hay que destacar que fue el primer conflicto bélico con el sobrenombre de "Mundial" ya que estuvieron involucradas la casi totalidad de las potencias mundiales de la época.
También hay que resaltar el hecho de que en esta guerra se utilizaron nuevas formas de lucha, tanto en armas (químicas, lanzallamas, tanques, etc.), así como en la forma en la que quedaron establecidos los frentes. Es justamente en ese aspecto por lo que se denominó "la guerra de trincheras" y en lo que se adentra esta verdadera historia.
Corría el verano de 1916 y los ejércitos contendientes se habían atrincheraron a lo largo de cientos y cientos de kilómetros. Una guerra que se convertiría en un martirio para millones de hombres durante varios años, en condiciones ambientales durísimas.
Trincheras que eran fosos excavados para vigilar y protegerse del fuego enemigo. Para luchar contra la lluvia y el fango se utilizaban empalizadas de madera y sacos. A continuación a unos metros se colocaban alambradas y estacas de madera para que el enemigo no pudiera infiltrarse fácilmente.
El espacio entre la trinchera de un ejército y el del contrario, y que tenían una distancia de entre cincuenta a ochenta metros, se denominaba "tierra de nadie".
Estas trincheras se mantuvieron estáticas durante mucho tiempo y por lo tanto, eran frecuentes las escaramuzas de unos y otros desesperados por llegar a dominar parte de la trinchera enemiga.
Aparte de esto, la vida en estos lugares fue una de las más espantosas pesadillas que hubieron de superar los combatientes. Vivir mal alimentados, casi siempre mojados y embarrados, enterrados en lugares reducidos y en una tierra tan fría y húmeda como el Norte de Francia y el Sur de Bélgica causó muchos millares de bajas debido a las gripes, pulmonías, tuberculosis, reumas y a todo tipo de enfermedades contagiosas propagadas por piojos, pulgas, ladillas y ratas.

Estos roedores bien alimentados de tanto cadáver insepulto y de tantos depósitos de víveres despanzurrados por las granadas de artillería, proliferaron a millones, convirtiéndose en uno de los suplicios de los combatientes, que tenían que quitárselas de la cara o las manos mientras dormían. Así hubo quienes se especializaron, con la ayuda de perros, en desratizar las trincheras.

Los frentes en estas zonas europeas se fueron estancando con durísimos inviernos y extremadas condiciones ambientales que hicieron que la moral de los combatientes estuviera por los suelos. De ahí que en los primeros meses de 1916 se dieran los primeros motines en el ejército francés, que asustaron al alto mando aliado.

Uno de esos mandos era Nevill, nuestro capitán protagonista, más conocido por el apodo de “Billie” o “Bill”, que nombrado con 20 años en noviembre de 1914 como Teniente Segundo, fue enviado al 8º Batallón del Regimiento de la East Surrey. Después de completar su formación militar en Gran Bretaña, Nevill fue destinado definitivamente en julio de 1915, al aguerrido 15ª R.D. de Montpelier, regimiento británico que junto con las fuerzas francesas intentaban romper las líneas alemanas a lo largo de un frente de 40 kilómetros al norte y al sur del Río Somme, en el norte de Francia. Un par de meses antes de la batalla de Somme, y en su último permiso que dispuso en Londres al aprovechar su rápido ascenso como capitán, Nevill decidió comprar cuatro balones (uno por cada pelotón destinado en Somme) con la idea de que mientras sus soldados aguardaban días y días tras las trincheras de un posible ataque o defensa del frente, éstos pudieran hacer algo que les pudiera evadirse de aquellos momentos. Y que mejor que darle patadas a un balón de fútbol, deporte que siempre le apasionó y que desde niño seguía como “supporter” del Everton. Mientras esto ocurría, algunos de los mandos militares entre ellos el comandante Douglas Haig, intentaban avanzar unos pocos metros más al precio que fuese, todo para intentar ganar honores, pero la situación de trincheras cada vez se hacía más complicada.



De ahí que la madrugada del 1 de julio de 1916, cinco minutos antes de las 7’30 horas, sería el momento de la verdad para un total de 14 divisiones británicas, apoyadas por cinco divisiones francesas que se lanzarían al ataque sobre un frente de 28 millas de ancho minado de ametralladoras alemanas.

Nevill que se presentó voluntario para ser uno de los primeros en saltar al fuego alemán, trasmitió a sus oficiales el deseo de avanzar hacia las trincheras alemanas como antes jamás se había hecho. Esto se haría al saque de potente chut de un balón, es decir tras un “kick off”, desde las primeras líneas aliadas. La idea del joven capitán inglés (que repartió los balones entre los oficiales de su batallón, Bobby Soames, Alex Woodrow y W. Alcock), era que al patearlas a zona enemiga, estas servirían también como un gran acicate (quizás un exceso de arrogancia) para convencer a sus hombres de que el ataque ante los alemanes iba a ser un mero paseo… Este mensaje que fue trasladado entre los batallones y de punta a punta de las trincheras aliadas, sirvió increíblemente de revulsivo en sus soldados. Una batalla que pasaría después a ser una de las más largas y sangrientas de la Primera Guerra Mundial, con más de un millón de bajas entre ambos lados.

Cinco minutos de la hora acordada, W.P. Nevill, fue el primero de todos en saltar de las trincheras que lo protegía, y corriendo tras la pelota que el pateó al aire, encabezó el asalto contra las trincheras alemanas… unos minutos después le seguiría con otra pelota al cielo Bobby Soames

El campo de batalla se silenció entonces súbitamente, mientras la artillería intentaba localizar la próxima línea de objetivos que marcaba Nevill corriendo entre complicados parapetos. Su pelotón, al que reconocieron después como “el del fútbol”, y que en principio vaciló, después siguió a su capitán. Una oleada tras otra, aquella clara y cálida mañana de julio, los soldados abandonaban la relativa protección de sus trincheras para caer abatidos sin remisión por las mortíferas ametralladoras “Maxim” germanas.

Nevill ya herido de metralla moriría de forma casi instantáneamente de un cañonazo, pero su país, Inglaterra, conquistaría aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra. Años más tarde los historiadores han coincidido que el propósito principal de aquella sangrienta batalla era distraer a las tropas germanas de la Batalla de Verdún ; sin embargo, las bajas de la batalla del Somme terminaron siendo superiores a las de esta última. La batalla es recordada principalmente por su primer día, 1 de julio de 1916, en el que los británicos sufrieron 57.740 bajas, de las cuales 19.240 fueron mortales. Constituye la batalla más sangrienta en la historia del Ejército Británico. Nevill y muchos de sus compañeros serían enterrados en el cementerio de Montauban en un valle denominado “Squeak Forward Position”.


Aquel “glorioso balón de cuero” que pateo Nevill y que abrió la batalla, tenía escrito la leyenda: "La Gran Copa de Europa. Final: East Surreys v Bávaros. Saque inicial desde la Zona Cero”, fue objeto de un emotivo acto militar al que se le rindieron (como se ve en la foto) honores de héroe.

De los cuatro balones que el capitán inglés había comprado, aún se conservan dos, uno en el Museo Nacional del Ejército y el otro en el Museo Queen's en el Regimiento de Canterbury, Kent. En Alemania aún se sigue considerando este hecho como un claro ejemplo de la locura inglesa.

viernes, 9 de noviembre de 2001

MATIAS PRATS, EL GRAN MAESTRO DE LA RADIO

“Este niño tiene algo en la cabeza” decía de aquel alumno el maestro de la escuela de Villa del Río. En la escuela del pueblo cordobés había un niño prodigio, un Mozart de la poesía que hacía unos versos preciosos en su ingenuidad. Como aquel niño prometía tanto, alguien mandó una de aquellas poesías a Federico Algarra, propietario entonces de Radio Córdoba.
Matías Prats Cañete se llamaba aquel puñetero niño. Y como el verso que habían mandado gustó tanto al director de la emisora EAJ 24, lo llamaron a la capital, como si fuera un Joselito de años antes o un Arturito Pomar sin ajedrez: “Que venga ese niño a Córdoba a recitar esos versos cara al público en el programa de Navidad... Y allá fue el niño prodigioso. El poema que leyó ante el micrófono el niño Matías de Villa del Río estaba dedicado a los Reyes Magos:
Los Reyes Magos de Oriente llegaron de madrugada ¡Mira! ¿Ves estos bombones? pues me han traido dos cajas... “Aquel niño poeta, a medida que avanzaba en su recitado, así me lo comentaba en una cena el propio Matías en torno a una mesa del Restaurante el Jardín de Torre del Mar, iba revistiendo con los ornamentos de los reyes de Oriente, capa larga y turbante, barba florida y corona, a las figuras del director de la emisora y de su propio padre, que habían puesto en sus manos lo que iba a ser el más preciado juguete de su vida: un micrófono” El micrófono o la poesía. Matías Prats pasó por un locutor, por un maestro de la radio, cuando en verdad siguió haciendo toda su vida lo mismo que en su debu con picadores en forma de Reyes Magos en aquella pionera radio cordobesa: decir poesías. Nacen los cordobeses dotados de todas las armas del arte de la palabra, y a Góngora, a Pablo García Baena, a Ricardo Molina... O a Matías Prats. Si se pasa ahora en su recuerdo, por la memoria las cintas de las retransmisiones de partidos de fútbol o de corridas de toros de Matías Prats, verán que en sus palabras había ritmo, imágenes arriesgadas, metáforas. Culto cordobés al lenguaje. Gongorinamente Matías levantó altos muros y excelsas torres en el arte de la palabra al servicio de la imaginación. Realismo mágico. Narró el gol de Zarra a Inglaterra en Maracaná y España entera no solamente estaba viendo el gol, sino marcando todos los españoles un tanto a la Pérfida Albión. ¿No es Góngora puro, Góngora del “Polifemo”, llamar Pérfida Albión al equipo inglés cuando le marca un gol el delantero vasco Zarra?
Que, naturalmente, y gracias a Don Matías, España entera aprendió a decir que se llama el delantero Telmo Zarraonaindía. Hay que ser un poeta para haber dicho Zarraonaindía con ese ritmo, esa armonía... y encima para que España entera aprendiese a decir algo tan difícil como una boina de Tolosa en forma de apellido.
Bueno, aprendimos que Zarra era Zarraonaindía y aprendimos que había nacido en Ásua el 30 de enero de 1.921, que se crió en Munguía y empezó jugando en el Erandio. En medio tiempo de un partido de la selección radiado por Don Matías (me decía mi abuelo) acababas sabiendo el nombre del caserío de la prima de la tía de Baracaldo de Telmo Zarra, y el nombre de la vaca más gorda que había dejado Guillermo Campanal allá en sus verdes brañas antes de llegar a jugar en el Sevilla C.F. Matías ganó para siempre el Pichichi con su gol en Maracaná, que sigo pensando que lo marcó más el locutor que el locucionado Zarra, y que ha seguido ganado cada día el Pichichi del Espasa. Matías Prats tuvo siempre en el disco duro de su prodigiosa memoria un “Servicio de Documentación” que hay que reírse del Archivo de Simancas. Estaba retransmitiendo una vez una corrida de toros de Rivera Ordóñez por Antena 3 TV, apareció con los palos el banderillero Hipólito y recuerdo que dijo algo así: “Ahí va Hipólito, por cierto, primo de Salvador Távora Triano, el gran autor teatral, que también fue novillero y que a las órdenes de Salvador Guardiola Domínguez, actuaba en el coso balear, la funesta tarde en que el caballero en plaza hispalense, de la familia propiciatoria de El Toruño y del hierro de los Pedrajas, halló la muerte en Palma de Mallorca... Mi amigo Matías inventó el fútbol codificado. Aquel poeta de Villa del Río, aquel Góngora del micrófono, codificó el lenguaje del fútbol, y que desde entonces se sigue usando. La metáfora mitológica de Cancerbero aplicada al portero. El tropo literario de la parte de llamar trencilla al árbitro. La alta estrategia de la posición teórica del defensa central. Poeta de la geometría del punto de penalti. Poeta del tiempo de cuando van transcurridos veintidós minutos de juego en La Rosaleda, y el marcador continúa 1-0 a favor del conjunto malagueñista... Aquel niño de pantalones cortos de los versos de los Reyes Magos ya no nos sigue trayendo el regalo de sus poemas de futbol y toros, de su voz...
El Archivo de Indias en su memoria. Matías, después de mucho vivido, este poeta de Córdoba que inventó el gongorismo del fútbol que hace un tiempo nos dejó, descansa en otro lugar, pero su peculiar voz seguro que relatará a otros, en otras partes... sus anécdotas con Di Estefano, y ahora más que nunca con compañero Telmo Zarra en una cabina privilegiada desde lo más alto y como no, con Ferenc Puskas (al que un buen día le apodó con su peculiar ingenio “cañoncito pum” o Kubala, Juan XXIII, Evita Perón, Picasso, Carlos Gardel, Franco, Bahamontes, Belmonte, Manolete...
Tuve la suerte de compartir con Don Matías varios momentos bonitos de mi vida profesional, la primera vez en la inauguración del Colegio de Arbitros en Málaga, años más tarde cuando fui premiado junto con él en la bonita localidad de El Borge en 1.999, y sobre todo, la presentación que realizo en el salón de plenos de Vélez-Málaga de mi libro de fútbol.
Fue la última vez que este maestro de periodistas visitó la capital de la Axarquía. Mi amistad continuó por medio de llamas telefónicas a su domicilio de Madrid o de alguna visita que le hacía a Marbella siempre por finales de la primavera. Pocos meses antes de su muerte, recibiría un micrófono de martillo de los que utilizó Don Matías a mediados de los años cincuenta para radiar aquellos partidos de fútbol y corridas de toros. Me lo envió sabiendo de mi colección y cumpliendo la promesa que me realizó en El Borge. Es sin duda una de las joyas más preciadas que poseo dentro de mi colección sobre todo lo que rodea el fútbol. Mi homenaje desde este blog a la voz del siglo XX, y que extrañamos en el XXI, un creador de palabras y de imágenes que inventó el fútbol codificado para que lo viésemos siempre en abierto gracias al prodigioso don de su palabra.

miércoles, 23 de mayo de 2001

CARLOS VELA, EL OTRO BARBOSA

Pese a que muchos compañeros de equipo lo tenían ya por fallecido, siempre quise saber qué fue de Carlos Vela Megías, aquel primer guardameta que tuvo el C.D. Veleño de Educación y Descanso en Tercera División.
Mi interés era por la historia que alberga dentro del fútbol veleño y malagueño y que me viene a recordar, en lógica mucho menos mediática, a lo que le ocurrió al guardameta brasileño Moacyr Barbosa en la final de la Copa del Mundo de 1950 ante la selección de Uruguay.

Y es que Brasil tenía preparada toda la fiesta ese día, 200.000 personas colmaban el mítico estadio de Maracaná. No había dudas, ese 16 de julio, Brasil se proclamaría Campeón del Mundo por primera vez. Pero la alegría se convirtió en angustia, cuando primero Schiaffino empató el partido y después en desazón, su compañero Ghiggia puso el 2-1 ante una, según se dijo siempre, floja intervención del guardameta Barbosa.


Al terminar aquel partido con derrota, los jugadores brasileños escaparon por las puertas del estadio vestidos de mujeres y de civiles, mientras que la selección de Uruguay, que tardó más de ocho horas en salir del estadio en previsión de males mayores, se llevó el trofeo de Campeón del Mundo a la ciudad de Montevideo envuelto en varios papeles de periódico.
Después de aquel día, el conocido por el “Maracanazo”, sin duda la tragedia más grande en la historia del fútbol brasileño, la vida del portero se convirtió en un calvario.

La gente le comenzó a rechazar allí donde fuera, el mismo Barbosa llegó a expresar: “Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace ya mucho tiempo”.Barbosa durante esos 50 años de pena, ya que falleció el 7 de abril del 2000, dejó también otras frases que nos hacen sin duda replantear lo cruel que a veces puede ser el fútbol contra una persona: “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un “crimen” que no cometí y yo sigo encarcelado. La gente todavía dice que soy el culpable. Para muchos, fui el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

El que fuera (a pesar de la mala intervención en el segundo tanto uruguayo) uno de los mejores arqueros de Brasil, murió en la pobreza y el olvido. Pocos saben cómo y dónde. A su entierro asistieron no más de un centenar de personas, entre familiares y pocos amigos. Ninguna figura se hizo presente, ningún directivo del fútbol carioca estuvo despidiéndolo.
Al día siguiente uno de los diarios más importantes de Brasil, sintetizó la vida del guardameta en el siguiente titular: “La segunda muerte de Barbosa”… dando a entender que la primera fue en 1950.

El otro “Barbosa” es Carlos Vela Megías, tiene en la actualidad 75 años, nació en Málaga el 6 de enero de 1933, y fue guardameta de equipos como, Mato y Alberola,
C. D. Fuengirola, Real Balompédica Linense, Puente Genil y C. D. Veleño.
Este portero de figura alargada, llegaría a Vélez –Málaga a la edad de 29 años y como uno de los principales fichajes que hacía el técnico, Juan Antonio Aparicio, para fortalecer la portería veleña en lo que era la primera campaña (60-61) de este club en Tercera División.La cosa para Vela y su equipo no fue mal del todo, los del Vivar Téllez se mostrarían como un conjunto sobrio en casa, donde dejó escapar muy pocos puntos, y supo arrancar los suficientes a domicilio para no pasar apuros y lograr el único objetivo marcado, mantener la nueva e importante categoría a la que se accedía con un presupuesto que no llegaba a las 130.000 pesetas y después de numerosos años de intentos que se quedaron por el camino.

Sin embargo, la recta final en la vida deportiva de Carlos Vela se torcería en noventa minutos, ya que en el encuentro disputado en casa (jornada 22) ante el Melilla (20 de febrero de 1961) y después de ir ganando el C. D. Veleño por 2-0 (tantos de Miñi y José María Andrade), el equipo de Juan Antonio Aparicio acabaría para muchos “sorpresivamente” sucumbiendo por el resultado de 2-4.
Cuatro goles que dolieron muchísimo al aficionado veleño (no tanto como la derrota de de Brasil ante Uruguay), pero sí se puso en tela de juicio la labor de varios jugadores del equipo veleño en la segunda parte de aquel encuentro, siendo la más criticada la del guardameta.
El rumor que corrió como la pólvora por Vélez era que se habían vendido…lo que enfureció mucho más a los muchos seguidores y socios del club.
Llegaron estos rumores a tal punto, que incluso se sacó una pequeña letrilla en los carnavales de Vélez-Málaga que decía así:

“Se venden “Velas”, en casa Curro, representante Juan Rando…”

Quedaba claro y así se daba a entender, que jugando con el apellido del guardameta, la del defensa Curro (haciendo mención a un conocido restaurante de Málaga en donde se pudo tratar el asunto de una posible compra-venta del partido) y la del centrocampista “organizador” Juan Rando, lo que se cantaba apuntaba ciertamente a lo que era un rumor ya extendido por la ciudad. Era en definitiva el dedo cómico y a la vez acusador…

Estamos cerca de que se cumplan cuarenta y ocho años de aquel triste día en que el guardameta Vela, que fue nombrado persona non grata por un gran sector de aficionados veleños y directivos, tuviera que salir corriendo de Vélez-Málaga perdiendo hasta los zapatos, para tomar en marcha y con muchos apuros el ferrocarril Sub- Urbano que le llevaría a Málaga.
Fue la huida de Vela forzosa. Todo el mundo se fijó en él y lo peor de todo, la vida le empezaba a dar un giro de 180 grados.
Tras bastante tiempo intentando saber algo más de todo aquello, de cómo sucedió y en especial intentar saber si aún Carlos Vela vivía y dónde, pude encontrarle en la localidad almeriense de Adra.
Vía telefónica pude saludarle y entablar poco a poco cierta confianza con el ex guardameta del Veleño. Vela me expresó que nunca más volvió a Vélez, “Cómo iba yo a volver, si allí me querían matar” y añade con voz ciertamente tomada aún por la tristeza, “Es una pena todo lo que ocurrió. Jamás nos dejamos ganar. Aún lo recuerdo con notoria amargura, lo tengo muy presente. Yo siempre me entregue en cuerpo y alma al Veleño, y por un partido que no nos salió bien, yo fui el que pagó todas las consecuencias. Desde el fondo de mi alma sé que nunca tuve la culpa”.

Pocas horas después de aquella primera entrevista, le envié al correo electrónico de su nieto, varias fotos en las que figuraba el once titular de aquel primer equipo veleño en Tercera.
Simplemente se emocionó. No tenía una sola estampa de aquellos que fueron sus compañeros y a los que tuvo que abandonar sin una mera explicación o despedida.
Recordó Vela el gran partido que se hizo en un estadio de La Rosaleda abarrotado (4 de diciembre de 1960) y en el que se ganó por 1-2 al Atl. Malagueño que entrenaba Antonio Iznata “Chales”. Toda Vélez estaba aquel día en el campo malagueño. Vela que fue uno de los mejores junto a los goleadores de aquel encuentro, Lima y Toré, me contó que tras lo sucedido en Vélez se estableció primero en Adra, de donde es nativa su mujer. Allí jugó por muy poco espacio de tiempo en el primer equipo de esa localidad. Lugar hasta donde también llegarían los rumores de lo que le había pasado jugando con el C. D. Veleño.
Aunque no lo ha querido reconocer muy de lleno, quizás todavía molesto por todo lo que vivió y se dijo de su persona, la realidad es que se vio forzado a dejar totalmente el fútbol y emigrar a Francia en busca de nuevos horizontes y de otra profesión. Desde entonces en lo deportivo sólo encontró el vacío de los que fueron sus compañeros y el olvido por los equipos que militó.

Siempre se ha dicho que el triunfo reconoce banderas y nacionalidades, que los títulos en el fútbol tienen muchos padres y las victorias madres. Sólo la derrota y si es además de forma muy cuestionada por otros aspectos y circunstancias, es huérfana y bastarda.
Carlos Vela, este “Barbosa” de nuestro fútbol después de tantos años de espera, tuvo por fin el gran abrazo que siempre deseó, ese al que llamaría del “descanso” por parte del que fuera su equipo, y sobre todo, pudo ser oído con palabras sentidas y curtidas por el paso del tiempo, que contribuyeron a esclarecer todo lo que pasó y que “aquello que sucedió fuese de una vez definitivamente olvidado”.

Fue de justicia oírle 48 años después (casi medio siglo esperando) cuando el Vélez C.F. se enfrentaba este año al Adra en el estadio Miramar de esa localidad.
Carlos Vela por fin tuvo la oportunidad y como no, el perdón que nunca llegó a tener Moacyr Barbosa, del que cuentan que su alma todavía vaga en pena por el estadio de Maracaná.