Recuerdo que jugaba el Vélez entrenado por un tal Pepe Ríos, contra el Centro de Deportes El Palo y que había bastante gente animando a los dos equipos. Se palpaba en el ambiente una gran rivalidad.
Más que del desarrollo del encuentro, he de confesar que estuve más pendiente del entorno, de la gente que rodeaba aquel domingo de fútbol tan necesitado, por las dos aficiones, de los entonces dos puntos que había en juego. Observé sus peculiares maneras de vivir y sentir a su equipo, sus expresiones mezcladas entre sobresaltos, alegrías y tristezas, todas ellas derivadas de un simple y mero partido de fútbol.
Aquella primera vivencia, hoy hace casi 20 años, las anoté junto a otras tantas, en ese “cuadernillo” hasta la fecha imborrable de mi memoria, eran mis primeras experiencias como modesto periodista deportivo en Radio Costa de Algarrobo, nunca pensando en que un día como hoy quedarían reflejadas en este blog...
Siempre desearé que éstas permanezcan imborrables. Son en definitiva el simple y grato recuerdo de aquellos personajes muy particulares, jugadores, directivos, entrenadores o aficionados, algunos ya no están con nosotros, y que vivieron muchos domingos de fútbol en Vélez-Málaga de una manera entusiasta, como dije antes, muy especial...
Mi visión fue comprobar, que una vez por semana, el aficionado al balompié huye de su casa y asiste al estadio.
Observé como flameaban tres banderas en la puerta encalada, arqueada y recién remodelada por los hermanos Toboso del Vivar Téllez. Ya dentro del campo puede ver como calentaban los jugadores, como se olía a linimento que nos llegaba desde la caseta del siempre, eterno y popular, Antonio Ferrer Corpas “El Fraguas”, mientras que un tal Armando Escalona “El Tacones”, arrojaba agua con manguera en mano y con el torso sudoroso y semidesnudo, sobre el poco albero que quedaba en la zona de fondo. Armando, decía Juan Lopéz Jiménez "El Chanin", moja mas el "césped" que hoy hace mucha calor...
Se palpaba que la ciudad parecía desaparecer por algo más de noventa minutos, que la rutina se olvidaba, y sólo existía el recinto deportivo, un tanto ladeado y rectangular donde se verían las caras los veintidós jugadores.
Un espacio sagrado, con una única religión que no tiene ateos y que exhibía en esos instantes a sus divinidades.
Aunque el socio o el hincha veleño, sabía que podía contemplar el milagro de la victoria sentado cómodamente frente a la pantalla de su televisor, eso sí, un día o dos después y en diferido en las pioneras televisiones por cable que en aquellas fechas irrumpían en nuestra ciudad, Velevisa y Electrovideo Tv, éste prefería emprender su peregrinación hacia el estadio después de tomar un buen café en el Bar Niza.
Comprobé que todos los aficionados tomaban, casi hermanados, la dirección hacia el Vivar Téllez, lugar donde iban a ver en carne y hueso a sus “niños” batiéndose a duelo contra los “demonios” de turno.
Aquí, el hincha veleño empieza a tragar saliva, tragar veneno, incluso el humo de los puros que fuma un tal Juanillo Herrera, que acaba de alisar con el viejo colchón de muelles y después de alinear con cal, el terreno de juego.
Y de pronto, sin esperarlo y sin darme cuenta que el partido ya había comenzado, se rompen las gargantas en una sonada ovación, y todos saltan como pulgas abrazando al desconocido que grita ¡goooool! a su lado.
Mientras dura esta misa pagana de celebración, el hincha veleño se convierte en muchos. Como cientos de otros devotos, comparten la certeza de que son los mejores, que todos los árbitros están vendidos y hay que tirarlos como en los años sesenta decían, a la alberca próxima de “El Coleno” y que todos los rivales que nos visitan, son unos tramposos. Y es que, el enemigo es siempre el culpable…
Comprobé que rara vez el aficionado dice: “Hoy juega mi equipo”. Más bien comenta: “Hoy jugamos nosotros”. Sabe además, el denominado jugador “número doce”, que él es quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, y eso bien que lo saben los jugadores rivales, que jugar sin afición, es como bailar sin música.
Cuando el partido termina, el aficionado veleño, que no se ha movido de su lugar estratégico en el campo, solo para la cervecita y el picoteo del momento, celebra su victoria y comenta:
¡Que goleada les hemos metido, que partidazo hicimos!
También sabe llorar las derrotas...
¡Otra vez nos estafaron, vaya árbitro ladrón! ¡Arbitroooooooooo!
Y entonces el sol se va... y el aficionado poco a poco también.
Caen las sombras sobre el Vivar Téllez que se va quedando vacío, huérfano de luces, voces y emoción. Sólo quedan los delegados de uno y otro equipo, por el veleño, Fali Sánchez
Es el momento en que Armando Escalona, retira de la entrada del campo sus carteles hechos a mano con fotos del Vélez recortadas del periódico “El Sol” y de poner los dos candados oxidados en las cadenas de las puertas del Vivar Téllez, mientras no muy a lo lejos se oye decir...
¡El Motril! contesta un flaco y desgarbado chaval de nombre Fernandito, de apellidos Ruiz Hierro, que sueña con jugar algún día en Primera División junto a sus hermanos, Antonio y Manolo…
“Bueno tranquilo niño” dice “El Tacones”… “Que a esos también les ganamos nosotros, aunque sea a “pedrás”.
Desde aquel día, sin ser nativo de esta ciudad, el Vélez me enganchó... era, es, y seguira siendo con o sin, "El Pollero", "El Tacones", "El Vinagre", "El Fraguas" etc, etc, un equipo diferente.





El campo de batalla se silenció entonces súbitamente, mientras la artillería intentaba localizar la próxima línea de objetivos que marcaba Nevill corriendo entre complicados parapetos. Su pelotón, al que reconocieron después como “el del fútbol”, y que en principio vaciló, después siguió a su capitán.
Una oleada tras otra, aquella clara y cálida mañana de julio, los soldados abandonaban la relativa protección de sus trincheras para caer abatidos sin remisión por las mortíferas ametralladoras “Maxim” germanas.




Al terminar aquel partido con derrota, los jugadores brasileños escaparon por las puertas del estadio vestidos de mujeres y de civiles, mientras que la selección de Uruguay, que tardó más de ocho horas en salir del estadio en previsión de males mayores, se llevó el trofeo de Campeón del Mundo a la ciudad de Montevideo envuelto en varios papeles de periódico.

Quedaba claro y así se daba a entender, que jugando con el apellido del guardameta, la del defensa Curro (haciendo mención a un conocido restaurante de Málaga en donde se pudo tratar el asunto de una posible compra-venta del partido) y la del centrocampista “organizador” Juan Rando, lo que se cantaba apuntaba ciertamente a lo que era un rumor ya extendido por la ciudad. Era en definitiva el dedo cómico y a la vez acusador…
Vela que fue uno de los mejores junto a los goleadores de aquel encuentro, Lima y Toré, me contó que tras lo sucedido en Vélez se estableció primero en Adra, de donde es nativa su mujer. Allí jugó por muy poco espacio de tiempo en el primer equipo de esa localidad. Lugar hasta donde también llegarían los rumores de lo que le había pasado jugando con el C. D. Veleño.
Fue de justicia oírle 48 años después (casi medio siglo esperando) cuando el Vélez C.F. se enfrentaba este año al Adra en el estadio Miramar de esa localidad.


