viernes, 15 de mayo de 2009

¿QUE TAL UN PIERDE PAGA?

El juego de Futbolín se convirtió hace ya tiempo en el punto de encuentro en bares, puertas de colegios y kioscos en medio de plazas abandonadas y a medio reformar. Moneda a moneda y gol a gol, los chicos se encontraban frente a frente, bien parados y con las manos en los pomos. 

Los jugadores bailan, chutaban la pelota pulida y éramos entonces los Amancio, Kubala, Pelé o "Maradonas" por unos momentos.

Me vuelvo niño al escribir esto, y recuerdo mi juventud con los campitos verdes y azules de futbolín, muchos ya viejos y con la pintura descascarada, y que siguen aún presentando un clásico ante una tribuna de papel y ante los ojos ansiosos de jugadores y público que esperábamos el resultado de ese partido al mejor de cinco goles…

Este articulo va dedicado a Alejandro Campos Ramírez, creador del futbolín. Un gallego al que conocí haca ya años, nacido en La Coruña en 1919 y apodado popularmente desde 1936 por Alejandro “Finisterre”, y que según me contó, le cambiaría la vida un bombardeo cuando tenía 16 años.

Tal y como recordó años después, la idea del futbolín surgió “Por culpa de una bomba nazi, de las que lanzaron sobre Madrid y en la que quedé sepultado entre cascotes, con heridas graves. Me llevaron a Valencia y luego al hospital de la Colonia Puig de Montserrat. La mayoría de los niños y otras personas que allí estábamos, nos habíamos convertido en mutilados de guerra. Yo había jugado al fútbol (incluso perdí un diente una vez de una patada) pero eso ya no era nada en comparación a lo que me ocurría, me había quedado cojo y envidiaba a los niños que podían jugar” afirmó.

También Alejandro Campos amaba el tenis de mesa, así que un día pensó: ¿Por qué no crear el fútbol de mesa?  En esas circunstancias inventó un particular futbolín  que fabricó su amigo, el carpintero vasco Francisco Javier Altuna. Este primer modelo fue registrado en Barcelona y los futbolistas eran de madera de Boj, un material que permitía todo tipo de efectos y sutilizas ante una pionera pelotita que estaba fabricada de corcho aglomerado. 

Aquel invento fue mano de Santo, la chiquillería se volcó sobre el nuevo juguete, y en especial los niños mutilados, que pudieron participar y, a menudo ganar, jugando nuevamente al fútbol… pero de mesa. Y precisamente ese fue el inicio de la historia del futbolín, esa salida alterna a esa falta del don en las piernas, toda una confabulación del destino: una guerra civil en España que anuló la fabricación de juguetes para los niños y esa misma guerra que mutilaba a los soldados que en su recuperación buscaban la forma de entretenerse y un poeta e inventor con una idea que buscaba la forma de saciar sus instintos futboleros.

Alejandro, que había registrado este juego en 1937, tuvo que exiliarse a Francia por el triunfo franquista en la guerra, con tan mala suerte, que extravió en una tormenta los papeles de la patente mientras atravesaba andando, como otros tantos españoles, los Pirineos. 

A ese pionero futbolín, le seguiría entre 1939 a 1945 uno de forma plegable al que se le denominó “de maletita” y que era algo más pequeño, de peso liviano y que se caracterizaba por unas primitivas barras telescópicas y tener sus jugadores pintados a mano de color rojo y azul y también amarillo. Sobre este tipo de futbolín de maleta, tuve la suerte de adquirir hace cuestión de nueve años, fue en una subasta de juguetes que se realizó en Barcelona y en la que a un precio nada relevante, aquel invento de Finisterre paso a mi colección particular. 

Que gran suerte tuve aquel día, de mañana compre el futbolín y de tarde pude transmitir para RNE el partido en el Nou Camp entre el Barça y el Málaga, y que terminaría con victoria para los de Joaquín Peiró por 1-2. 

Después de consultar con varios entendidos en el coleccionismo de juguetes, estos me informaron que curiosamente la ciudad de Málaga fue una de las centrales operativas en la importación de este juguete para toda Andalucía y que el modelo que había adquirido, se trata en concreto de una edición que se fabricó entre 1941 y 45 y que tenía como novedad, aparte de ser este plegable o de maletita, el tener un contador en forma de varilla para llevar la cuenta de los goles que se marcaban.

Este futbolín es una de esas joyas que le tengo mucho aprecio dentro de mi variada colección, como el disco de pizarra “Los leones rojos” que es el primer himno dedicado a la selección española de fútbol, las botas de Juanito, las de Just Fontaine, la camiseta de Pelé en la película “Evasión o Victoria”, la del ídolo del Málaga, Viberti o uno de los balones con la que se jugo la final de la Eurocopa 2008 entre otras muchas cosas. 

Pero volviendo al futbolín, éste era en definitiva, una forma más para poder trasladar este juego a cualquier lugar y así poder entretener a aquellos jóvenes que deseaban, ante las adversas circunstancias de lo que significó la post guerra, el poder practicar ese juego, el fútbol. 

Años más tarde (1952) cuando “Finisterre” se instaló en Guatemala, éste perfecciono el futbolín hasta lograr una autentica obra de arte, las pionera barras telescópicas se harían de acero sueco y la mesa de caoba de Santa María, la mas fina del mundo. Dada la habilidad y delicadeza de los indios para la juguetería, Guatemala era un lugar idóneo que ofrecía, además, embarques a los océanos Atlántico y Pacifico y estaba cerca de un centro de comunicaciones tan importante como el canal de Panamá. Ello le animó a otras innovaciones, como las cajas de música y el baloncesto de mesa, con una pelota con aplicaciones metálicas que permitían la atracción por magnetismo.

Pero cuando el futbolín ya empezaba a venderse bien en Centroamérica, Castillo Armas invadió Guatemala y nuestro gallego inventor por su militancia izquierdista y la competencia que hacia el negocio al monopolio estatal de maquinas tragaperras. Las mismas dificultades encontró en otros países: el futbolín pudo ser un gran negocio en Estados Unidos, pero para ello habría que haber tenido que llegar a acuerdos con la mafia. En cuanto a México, donde se instalo en 1956, fue pirateado de inmediato sin posibilidad de control de royalties, por lo que decidió dedicarse a la edición de libros de arte y la obra de los exiliados. 

Fue así como empezó a publicar a León Felipe, a quien había reencontrado allí. Y cuando regreso a España en los años 60 se encontró con la sorpresa de que el país estaba lleno de futbolines. Aunque el no sabia que por entonces, su prototipo de la colonia Puig había conocido una fulminante expansión en plena guerra civil, y los fabricantes valencianos lo habían convertido en la posguerra en el juego nacional por excelencia. 

Su invento, que había nacido en un hospital de sangre y en otros países, se utilizaría para que los niños recuperasen reflejos y movimientos, era ya los tiempos en la que nuestra selección le ganaba la final de la Copa de Europa a Rusia. ”Finisterre” no pudo por menos de asombrarse de la transformación sufrida por algo que el había concebido como algo lleno de matices a base de jugadores de madera y que habíamos convertido en un intercambio de trancazos entre dos bandos de futbolistas ya de plomo y balones de marmolina. 

Quizás empezó a entenderlo todo mejor cuando recibió aquella citación del Tribunal del Orden Público que le recordaba que no en vano había transcurrido una guerra. Se supone que era difícil ejecutar con delicadeza algo que, después de todo, era hijo de aquel conflicto, y cuyos jugadores (fundidos en un metal que había segado la vida de más de un español) algo tenían de soldaditos de plomo que pateaban aquellas bolas compactas como si fueran balas de cañón”. 

Nuestro inventor tras residir en Benajarafe (Loma Alta) algunos veranos, y donde gracias a un amigo común tuve la oportunidad de conocerlo, se trasladaría a Aranda de Burgos, donde allí continuó escribiendo mientras era miembro de la Real Academia Gallega. 

Después fijaría su residencia en Zamora, donde gestionaría la herencia del poeta León Felipe como albacea testamentario. Falleció en Zamora, en su casa del barrio de Pinilla, a la edad de 87 años, el día 9 de febrero de 2007.  Sus cenizas fueron esparcidas en el Río Duero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico en Finisterre. 

El futbolín tiene otros nombres en el mundo, en Argentina lo denominan “metegol”; en Bolivia “canchitas”; en Chile “taca-taca”; en México “fuchito”; en Uruguay “futbolito”, en Portugal “matraquilho”; etc. Mientras se discute o no, que en muchos casos, una desgracia alimenta la inventiva, os propongo una partidilla al futbolín, pero eso sí, sin jugar de “cuchara” y al mejor de siete goles…

martes, 5 de mayo de 2009

"JUEGA QUERO, SEÑORITAS GRATIS"

Os acerco en este blog, la peculiar figura de un defensa, Francisco Quero Ruiz, conocido también por “El Galán”, jugador del pionero Vélez F.C. de finales de los años veinte.
Y es que mucho antes que los internacionales, Beckham, Cristiano Ronaldo, Fernando Torres, etc, etc, se hayan convertidido en reclamos publicitarios, Quero fue uno de los primeors jugadores imagen para el fútbol veleño de aquella época en blanco y negro.
Su atractivo serviría para que las señoras y señoritas de Vélez, tuvieran un mayor interés por conocer un deporte que empezaba a estar de moda, el football, y así también sus primeros practicantes.
Francisco Quero nació en la vecina Triana (Venta de Montoro) el 2 de marzo de 1910, aunque aparece inscrito en el registro civil de Benamocarra. Desde muy joven ya tenía claro que en la vida había otras cuestiones más importantes que jugar al fútbol.
Aún así, el Vélez F.C. no fue su único equipo, ya que mientras estudiaba magisterio en Málaga, llegó a jugar en el Sporting Club, equipo fundado por el Padre Francisco Miguez (foto central) y que disputaba sus encuentros en el campo de las Escuelas Salesianas (Oratorio Festivo) hoy conocido por Segalerva.

Las primeras féminas y seguidoras del balompié veleño, se volvían ciertamente locas por la figura esbelta de este jugador de no más de 1’73 de estatura, que derrochaba sensualidad y al que se le caracterizaba siempre por su aseada forma de vestir y de saludarlas en la grada entre jugada y jugada.
Cuentan que las mujeres no abandonaban el campo hasta no ver el torso semidesnudo de Quero, cuando este se despojaba de su camisola y se paraba por unos instantes a descansar en algunas de las sillas que se alquilaban para ver el partido junto a la banda situada cerca de los vestuarios.

Pariente del también jugador y uno de los fundadores de nuestro club, Juan Barranquero, este defensa pundonoroso, convencería a bastantes jugadores de Málaga, como “Bilba” Torrontegui, Carlis, Angelillo, Lili o Barquero, para que actuaran y participaran en encuentros amistosos que el club veleño organizaba contra ya rivales denominados de cierta mayor importancia.

Sus gestiones hicieron posible que el F.C. Malacitano, Iberia Balompié, Marina F.C., Pedregalejo, Fortuna, Sporting Club de Málaga o Victoria Eugenia, pudieran hacer las delicias de los incipientes y ávidos aficionados veleños que crecían ya al amparo de este deporte.

Francisco Quero (el primero por la izquierda en la foto del Vélez de 1925) y que era todo un verdadero “dandy”, conformaría en muchísimas ocasiones que en los programas de mano y cartelería previa a los partidos que se iban a disputar en Vélez-Málaga, su apellido apareciese de una manera especial como reclamo a las féminas para que fuesen al campo.

Fue su gran amigo y también primer masajista del club, Antonio Núñez “Paulilla”, quién ideo aquel aliciente de “Juega Quero, señoritas gratis”.

Quero aquel elegante defensa con capacidad ofensiva y gran olfato de gol, colgaría las botas muy joven, tras la Guerra Civil, y cuando su vocación por la enseñanza pudo más que las patadas “mágicas” a aquellos pesados balones. Su apellido para nuestro fútbol fue el primer reclamo publicitario o alternativa para ir a un campo de fútbol, en concreto al ya desaparecido de la calle Alberquilla o del Tejar de Pichilín.

lunes, 4 de mayo de 2009

EL DIVINO EN LA CALLE CRISTO


A medida que la historia del fútbol se hace más larga, se presta mayor atención a su pasado y no sólo a conservar recuerdos, sino también registros tangibles del desarrollo del juego durante el pasado siglo. Quizás una de las colecciones más curiosas sobre el fútbol en Andalucía, esto es, afiches, entradas, botas, balones, etc., etc., podría estar en mi casa de Vélez-Málaga, pero existen muchos otros coleccionistas privados por el mundo que han cultivado como yo, la misma pasión personal durante muchos años y han acumulado colecciones propias, sin más punto de partida que una devoción personal por este juego y con el ánimo también de colaborar de manera desinteresada en la construcción o conocimiento del pasado.
A colación precisamente con el partido que disputó recientemente nuestro equipo juvenil ante un rival almeriense denominado C.D. Español de El Alquián, nombre que toma por el apoyo que este equipo le hizo, a modo de material deportivo, a finales de los años cuarenta. Me llega la historia al caso de lo que es la buena disposición del conjunto españolista en motivos de beneficencia.
Os cuento. Entre las joyas que guardo, y que me llegó de una manera muy casual, está el programa de mano del que pudiera ser (no se conocen antecedentes anteriores) del primer partido disputado a beneficio de una cofradía de Semana Santa en Málaga, en concreto la Real Hermandad del Santo Sepulcro.

Los primeros veinte años del siglo pasado fuero tiempos complicados para el pionero foot-ball y más aún para el mundo cofrade malagueño. Centrándonos en lo meramente deportivo este deporte irrumpía con gran fuerza por toda la provincia y en especial en la capital, donde ya se creaban e inauguraban “campos” como el del Príncipe de Asturias, solar donde está actualmente el Hotel Miramar (1920), los Baños del Carmen (Agosto 1922) o el del Rosaleda Stadium en la zona de Martiricos (Septiembre 1924).

Es en ese mismo año y por medio de la A.D. Ferroviaria, club fundado e integrado por ferroviarios malagueños, se creó el campo de fútbol de la Calle Cristo de la Epidemia. Dicho terreno de juego había sido condicionado a fuerza de mucho entusiasmo y sacrificios, dándose el caso que los propios socios y jugadores de la Ferroviaria, trabajaron de día y hasta altas horas de la noche, con picos, palas y carrillos prestados para acondicionarlo de la mejor manera. Este equipo tuvo poco tiempo de vida deportiva ya que fue absorbido o más bien se fusionó con el Iberia Balompié.

Eran los momentos en el que irrumpía con fuerza el F.C. Malagueño, que viendo que el campo de la calle Cristo era el más próximo al centro de Málaga y ofrecía inmejorables condiciones para adjudicárselo, pudo conseguir su alquiler por la cantidad de 4.500 pesetas al año. Para ello el F. C. Malagueño tuvo que efectuar una profunda y adecuada remodelación, comenzando por instalar una pequeña tribuna de madera que costeó, D. Emilio Andersen Menard, presidente del club y antes promotor de este deporte y pionero jugador del Málaga F.C. en 1904.

Una vez acabadas las obras de remodelación, se pensó en hacer una gran inauguración, aceptándose la iniciativa del directivo y hermano de la citada cofradía, D. Juan Muñoz Orozco, quién propuso contratar al potente Real Club Deportivo Español de Barcelona, que estaba de gira por Portugal, para disputar dos partidos ante el F.C. Malagueño.

Este club catalán tenía en su plantilla al guardameta de 24 años y ya ídolo de la afición española tras la Olimpiada de Amberes con la Selección Nacional, Ricardo Zamora.
Gracias al apoyo de los vecinos de la calle Cristo, aficionados en general, casas comerciales y hermanos cofrades con cierto peso económico, se conseguiría por fin cubrir el desplazamiento del club catalán a Málaga y que aceptó como pago por jugar, un porcentaje de lo recaudado en taquilla.

La fecha fijada para los dos encuentros fueron las de los días 24 y 27 de abril de 1925. Para dar a conocer estos “match” se realizó una gran promoción por medio de los entonces clásicos programas de mano, y que se distribuyeron por todas las calles, cafés, tabernas, hoteles y barberías de la ciudad.


Gracias a estos programas de mano que estaban patrocinados por tres empresas, de las que destacamos la del ex jugador del Málaga F.C., Evaristo Minguet (Curtido, Telas y Cueros) con sucursales en las calles, Juan Gómez García 40 y Calderería 1; la zapatería “El Porvenir” de Maruenga Dieguez y Cia situada en calle Nueva 58; y la empresa Vinos Luengo, hemos podido conocer que estos partidos eran a beneficio de la citada Real Hermandad.
Que el ya apodado “Divino” Zamora junto a su compañero en el R. C. Deportivo Español, el delantero Zabala, visitaran Málaga para jugar dos partidos, fue como rezaba en el anuncio “todo un gran acontecimiento futbolístico en la ciudad”.
La organización que fue llevada por el club malagueño, contó con el patrocinio de la Real Hermandad del Santo Sepulcro. Curiosamente en los archivos que hemos podido consultar, así como reseñas periodísticas de esas fechas, no se hace mención de que los partidos tenían al fin y al cabo la idea de recaudar un dinero importante a beneficio de una de las Hermandades más importantes de la Semana Santa de Málaga.

La respuesta fue impresionante. Muchos fueron los aficionados de Málaga y de toda la provincia, incluido casi todos los jugadores del plantel de aquel lejano Vélez C.F los que organizaran un viaje en tren a Málaga, para no perderse aquel renombrado partido. Se colgó el no hay billetes, y el campo de la Calle Cristo de la Epidemia presentaría en los dos encuentros un lleno que hasta la fecha no había generado ningún encuentro de fútbol jugado en la capital malagueña.

Según podemos comprobar en el programa que conservamos de aquellos dos partidos, el precio de la entrada más barata en el primer partido sería de 3’50 pesetas, siendo el segundo de 4.
Los precios más caros estaban situados en la zona de Palcos (sin entrada) que osciló entre las 35 pesetas del primer encuentro a las 40 del segundo.
El tirón de que Zamora jugaría con el F.C Malagueño sin duda adquirió un mayor si cabe interés.
Se ha comentado por aquellas personas que presenciaron el partido, que las colas daban dos vueltas al contorno de aquel coqueto y hoy desaparecido terreno de juego.
En el primer partido haría el saque de honor la bella señorita, Pilar Cano, hija del que fuera gobernador militar de la plaza y provincia, el general Enrique Cano Ortega.


Junto a ella estarían como capitanes de cada equipo, el malagueño Vicente Cuberta y por el Español, Ricardo Zamora. Bajo el arbitraje del que fuera ex jugador del Español de Madrid, Huelva y más tarde del Málaga F.C., Pepe Font, el R. C. D. Español vencería en el primer encuentro por 1-13, lo que dejaba claro su superioridad ante los malagueños, que tuvieron muy pocas oportunidades de poder batir al “Divino” Zamora.


El equipo catalán formaría con: Zamora; Saprissa, Portas; Trabal, Pelaó, Caicedo; Olariaga, Sanahuja, Zabala, Montesinos y Coll.

Por su parte el F.C. Malagueño lo haría con: Camacho; Hoyos, Soto; Marín, Andrade, Jiménez; Octaviano, Federe Cuberta, Aurelio Casero, Vicente Cuberta y José María.

Para el segundo encuentro, el aliciente preparado por los organizadores estaba muy bien estudiado.
¡¡ Zamora esta vez jugaría defendiendo la portería malacitana ¡¡
Hecho este, que dejaría más rápidamente sin papel las taquillas que se ubicaron a la entrada del campo y en otra más que se tuvo que improvisar en un lateral de la zona de general.

El segundo partido acabaría también con victoria españolista, pero por sólo 0-3, lo que resaltaría aún más la talla y valía de Ricardo Zamora.
Cuenta como anécdota relevante el entrenador malagueño, Juan Antonio Aparicio, en su libro “Tras la órbita del balón”, que Zamora en una de sus intervenciones, y con una botella de gaseosa que tenía próxima a él, interceptó un balón que llegaba a sus dominios evitando el gol. Aquello produjo el delirio entre la numerosa congregación de aficionados que abarrotaban el citado campo y que le dedicó una sonora ovación al que en esas fechas estaba considerado todo un héroe nacional.
Ese mismo año de 1925 se inauguraría un nuevo campo de fútbol en Málaga, hablamos el de las Escuelas Salesianas (Oratorio Festivo) y que todavía existe con el nombre de Segalerva. Fue su precursor el Padre Francisco Miguez, amante del fútbol y organizador del Sporting Club.


La tierra de ese campo, hoy el más antiguo de Málaga, sirvió para el fomento del fútbol malagueño.
Siempre se ha dicho que el fútbol es pasión de multitudes. Y que en su esencia no hay lugar para la razón. Lo que cotidianamente no se dice, es que el fútbol es diversión, y en algunos casos como el que hemos contado, se transforma en amistad y solidaridad con fines muy importantes y concretos.

lunes, 20 de abril de 2009

AMOR A LA CAMISETA DE TU EQUIPO


Si hay algo verdaderamente inalterable en el ser humano es el amor a la camiseta de tu equipo de fútbol.
Los cambios en la vida de los hombres suelen pasar por el gusto musical, la admiración literaria o las ideas políticas; se modifican también las preferencias estéticas del mismo modo que cambian los gustos por las comidas. En su lucha por la vida, el hombre adquiere otras motivaciones, pelea por otros éxitos y descubre que puede disfrutar mejor de todo. En esos impulsos es capaz de cambiar de oficio, de barrio, de esposa o de amigos.


Para bien o para mal, puede llegar a revertir muchas cosas, pero aunque su nuevo modo de vida lo convierta en una persona diferente, hay algo que permanecerá intacto: su fidelidad a la camiseta de un equipo.
Es que el fútbol, por encima de la destreza deportiva, lo atrayente de su juego y la fuerza de sus convocatorias, es una identidad. La primera identidad que el hombre suele adquirir por sí mismo.
El nombre y apellido viene de fábrica, se llevan puestos desde el nacimiento. En cambio la camiseta requiere de una aprobación. No siempre se acepta la que te ofrecen el padre, el tío o el vecino. Aquí se trata de una verdadera elección personal que, generalmente, se produce el primer día que acudes a un estadio de fútbol, donde influyen más el ambiente, los colores y las banderas, que el padre de la criatura. Y en esa instancia, un gol puede ser decisivo. Si todo sale bien, el chico se pondrá esa camiseta toda la vida, pues los colores le quedarán estampados debajo de la piel. Ese día habrá adquirido una identidad más importante, por que es lo que él mismo eligió. Si rechaza los colores propuestos y elige otros (así sea para llevar la contraria), su elección será igualmente válida, lo mismo quedará identificado para siempre con una camiseta.

¿Y porqué es tan fuerte esa elección? Pienso que quien asume, obtiene una identidad más personal que la de ser “el hijo de fulanito” o “el hermanito de menganito”. Ser hincha o aficionado al equipo de tu pueblo, indica la pertenencia a una comunidad, es una adhesión a algo. Y contraer semejante compromiso a los pocos años de edad, significa una importante manifestación de personalidad propia.

Es fidelidad a lo tuyo, a lo local, un amor explosivo, ese que justifica cualquier día de lluvia o de insolación, ese que estalla en abrazos cuando llega un gol decisivo, irrepetible o único que se dibuja en el aire para grabarse en la memoria de todos. Goles como aquellos que delineaban con sus centros Antonio Castaños, Antonio Ruiz "Zocato" o Pepe Hidalgo Reyes; los que facturaban a pelotazo limpio Juan Barranquero o el impecable Gil “el murciano”, Juan Ortega o aquel centrocampista también nacido en Torre del Mar, Dominguillo.

Los veloces Antonio Ríos y Manolillo o el escurridizo Cortés, los tantos que anotaban de cabeza Antonio Toré , Moncayo o Manolito; los de José Manuel Atencia, Manolo Camacho o Juani España de falta, los del añorado Antonio Gutiérrez "Guti" o aquellos ocho de una tacada que le marcó al Roquetas el sevillano de Morón, Paco Sierra, goles todos, de Tello, Julio, Rafita o Salas, logrados en los momentos justos.
En definitiva, una camiseta de un club o entidad tiene la constancia como emblema espiritual de tantas y tantas personas: aficionados, jugadores, entrenadores, directivos y presidentes, que se han apoyado, unos, en la solidez de su patrimonio físico, y otros, en su total y desinteresada entrega y pundonor. Fuerza espiritual para intentar hacer realidad el sueño de convertir nuestro club, el Vélez, en un equipo que cada temporada pueda ser más grande y con mucha más historia.

Lo dicho, todo por el amor y el respeto a unos colores y su camiseta y que como dijo en su día Juan Barranquero Aponte, uno de los primeros jugadores y fundador en 1922 del Vélez C.F.:

"Un buen veleño puede presumir de todo cuanto guste en la vida, pero sus presunciones nunca serán completas, si no es del Vélez Football Club."

martes, 14 de abril de 2009

EL HIMNO SILENCIADO


Ahora que se busca un himno por parte de la Federación Española de Fútbol del tipo que grabó El Arrebato para el Sevilla F.C, quisiera contaros la historia de cómo encontré el primer himno que se le dedicó a nuestra selección nacional de fútbol en 1934. Sería mi deseo que este himno pudiera ser oído alguna vez más en algún partido de nuestra selección, o que al menos tuviera la consideración de recordarse cuando juegue nuestra selección. Esta es la historia de un himno.

Un himno destinado a nuestra Selección Nacional de Fútbol que fue grabado en fechas cercanas a 1935 por un español de origen flamenco y que por caprichos de la guerra fue censurado, tristemente olvidado y que además, tuvo como aliados el transcurrir del tiempo y el material en el que por entonces se grababan las cosas, esto es, en delicados discos de pizarra.
Sin embargo el delito de este himno fue el titularse “Los leones rojos” y que sin apenas llegar a sonar un par de veces en partidos oficiales y a hacerse popular en aquellos tiempos, fue censurado en las emisoras de radio y posteriormente olvidado por quienes en un momento de nuestra contienda civil, vieron oportuno que no sonara más.

Muchas de las personas que lo prohibieron ni siquiera llegaron a reparar en oírlo, cometiendo el grave error de sentenciar una letra pulcra y para nada política.
Era simplemente unos acordes destinados a representar a un equipo que vestía entonces como hoy día, con camisola roja y pantalón azul, y que tenía como estrellas en aquellos tiempos a Ricardo Zamora, Zabalo, Aedo, Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Iraragorri, Lecue, Emilín Alonso o Gorostiza entre otros.


Han pasado más de setenta años desde que se grabó y unos cuatro desde la fecha que lo encontré por mera casualidad en una subasta de un portal de coleccionismo de internet. Nunca fui buscando este himno, ya que como tantos y tantos españolitos que nos gusta el fútbol, jamás hemos conocido de su existencia.

Recuerdo que en el portal de internet en su apartado de discos, anunciaban con preferencia el pasodoble, “Hoy torea Marcial” y decían que en la otra cara del disco de pizarra había "una canción de fútbol"…
Ahí me tenías a mí, como modesto coleccionista deportivo, pujando ansioso por el disco y que felizmente conseguí a las dos semanas por una, sinceramente, ridícula cantidad.
Era el momento de saber de que canción hablaban (siempre pensé que sería de algún club español), y de que gran sorpresa me podía deparar, todo esto sin tener en casa un aparato de época en el que poder pinchar tan preciado tesoro descubierto.

Sorpresa doble me lleve cuando tras desembalar el disco pude leer que más que una canción como así anunciaban en la red, era un himno, el de nuestra selección, un himno cantado por un tal Pablo Hertogs (arriba en la foto), disco de pizarra que poco tiempo después y tras adquirir una vitrola (antiguo aparato de reproducción de sonido, con una caja especial de resonancia en forma de maleta que incluía un plato para un disco fonográfico, un brazo con púa reproductora, un altavoz y una manivela para darle cuerda) y  que por fin pude gratamente oír


Sonaba en mi casa el himno, en mi opinión en su tiempo silenciado, que hacía alusión a nuestro equipo nacional de fútbol, aquel que vestía como hoy de rojo y que posaba en su pecho el escudo de un león dorado y que quizás si la cordura hubiese imperado en aquellos entonces, podría haber sido tan popular entre los aficionados a lo que hoy es el, ¡Ala Madrid¡, Cant del Barça, Málaga “La Bombonera”, “Amunt Valencia” etc. de nuestros equipos representativos en las diferentes categorías.

Tras oírlo muchas veces, decidí ir más lejos. Ahora quiero saber algo más del personaje que lo cantó y que fue de su vida y que pasó… Manos a la investigación !

Lo poco que se sabe sobre el interprete del himno, Pablo Hertogs Sancho, de apellidos de origen flamenco-belga por parte de su padre, Jorge Hertogs Rossell, (un ingeniero de ferrocarriles de Brujas que fue destinado a Madrid) es que nació el 31 de mayo de 1907 en la localidad madrileña de Getafe y que falleció el 2 de agosto de 1970 a los 63 años en Montevideo (Uruguay).

El apellido Hertogs, según hemos podido investigar, es importante para la ciudad de Madrid, ya que el abuelo de nuestro protagonista, Andrés Hertogs Rossell, fue un ilustre ingeniero civil que hizo posible el actual Museo de las Ciencias, y en la que hay a su entrada una placa con su nombre.


Nuestro destacado barítono, Pablo Hertogs, tuvo numerosas actuaciones por toda España durante los años 30, y muy especialmente en el género de la zarzuela. Una popularidad que le llevo a ser protagonista principal junto a María del Pilar Lebrón, actriz que más tarde se convertiría en su primera mujer, en la película española dirigida por Rosario Pí, titulada “El Gato Montés” y que fue estrenada pocos meses antes de inicio de la guerra civil, en concreto el 2 de marzo de 1936 en Barcelona.


Meses antes de finalizar el rodaje de la citada película, Hertogs fue contratado para grabar en esa misma ciudad y para la Compañía del Gramófono S. A. E. “La Voz de su Amo” AE 4367, el himno futbolístico a 78 rpm y de 25 centímetros (foto arriba) , titulado “Los leones rojos” del que eran autores de la letra, R. de Castro y G. Tablas bajo arreglos musicales de Francisco Gravina.

Este himno venía a rendir el mejor homenaje al combinado nacional español tras su participación en el primer mundial que participó, esto es de Italia 1934, donde tras ganar a Brasil por 3-1, fueron eliminados por los anfitriones tras dos partidos, no exentos de polémica ambos, por la extrema dureza empelada por los italianos en el primero y con prórroga además (1-1) y que acabó con varios jugadores españoles lesionados. Ese encuentro se recuerda en la historia del fútbol como "La Batalla de Florencia". 

Al día siguiente se tuvo que celebrar el segundo partido (desempate) en el que España diezmado sin su habitual equipo titular y al que se le suma el casero arbitraje del suizo Mercet, se les anuló dos goles y para colmo aún de males, el único tanto obra del italiano Meazza fue en una flagrante falta sobre el meta español, Boch, que cubriría el arco español ante la lesión de Ricardo Zamora que en el primer partido salió con dos costillas rotas.


No era la primera vez que Hertogs pisaba estos estudios, ya que en abril de 1934 ya había grabado “La embajada en peligro” y el vals “Nunca la olvidare” para esta compañía.
Disco de pizarra que tendría en su cara b grabado el pasodoble titulado “Hoy torea Marcial” y que de la misma manera que el himno, estaba interpretado por la Banda Hispánica a cargo del maestro y director musical, Pascual Godés.




Tras ser denominada Cataluña como zona republicana y posteriormente liberada por las tropas nacionales de Franco, y en gran manera perjudicado por la mala prensa que se le dio a este artista, tachado de “mal patriota” por haber grabado un himno, que en especial el bando franquista nunca quiso aceptar, ya que aquello de “leones rojos” no estaba muy bien visto, Hertogs sin una marcada ideología política y con apenas oportunidades de trabajo, tuvo que buscar mejor suerte en el mundo del espectáculo, por lo que se vio obligado a emigrar a La Argentina donde actuó en varios locales y teatros denominados de primera y segunda fila.

Algunos meses después y sin mucha continuidad en su trabajo se desplazo a la vecina Uruguay donde allí fijó definitivamente su residencia en la ciudad de Montevideo, contrayendo además matrimonio en terceras nupcias con una uruguaya de descendencia malagueña del barrio del Perchel y de nombre Evola Rodríguez Gabard con la que tuvo cinco hijos.

Su carrera como artista fue más bien corta, ya que tuvo que abandonarla con casi 38 años al serle detectado una complicada afección cardiaca, esta razón fue entre otras, las que le motivaron a que sin una ocupación concreta, llegase a malvivir en sus últimos años de vida hasta fallecer relativamente joven.


Según hemos podido saber por familiares de Hertogs, unos años antes de su muerte, éste visitaría Madrid por un corto espacio de tiempo, momentos en que algunos antiguos amigos vinculados con la música le ofrecieron la posibilidad de trabajar en la Orquesta de la Ciudad de Madrid, pero Hertogs debido a su delicado estado de salud y más arraigado a la vida uruguaya declinó esa posibilidad.

Del himno “Los leones rojos” poco más se supo, si bien cuentan que fue radiado alternativamente junto al pasodoble “Hoy torea Marcial” por algunas emisoras locales de Barcelona y Zaragoza, así también sonó en los espacios previos y en los descansos de la retransmisión de al menos dos partidos de la Selección Nacional, en especial el que jugó ante Suiza en Berna (0-2) el 3 de mayo de 1936 y el no oficial (ya en plena contienda nacional) ante la selección de Portugal (1-2) del 28 noviembre de 1937 en el Estadio de Balaídos (Vigo).

Estos datos complicados hoy día de corroborar por el tiempo ya pasado y la poca información que se ha podido conseguir en la misma RFEF a la que me dirigí en varias ocasiones.

Como curiosidad, sólo un jugador estaría presente en las alineaciones del combinado español en los dos encuentros anteriormente relatados y en las que se radió el himno de Pablo Hertogs.  Hablamos del defensa Vega, que si en el primer partido fue sustituto del defensa Muguerza, en el segundo encuentro ante Portugal jugaría como titular.



Hoy día cuando juega nuestra selección se oye el conocido tradicionalmente por “Marcha Granadera” o “Marcha Real Española” y que tiene su origen en un toque militar de autor desconocido y que aparece recogido en 1761 en el “Libro de Ordenanza de los toques militares de la Infantería Española” y que el Rey Carlos III la declaró Marcha de Honor el 3 de septiembre de 1770.
Nuestro actual himno no tiene letra, sólo música.


HIMNO DEDICADO AL EQUIPO NACIONAL DE FÚTBOL
“LOS LEONES ROJOS”
(R. de Castro, G. Tablas y F. Gravina)
Pablo Hertogs acompañado por la Banda Hispánica bajo la dirección del maestro Godés

Rojos leones ardientes
de legendaria fiereza,
los de jugadas valientes
los de franca entereza.

Aunque a vuestro paso ladre
la impotencia del felón,
España, como una madre
os besa en el corazón.

Y, cuando os tiende los ojos
lanza este grito triunfal,
viva mis leones rojos
del equipo nacional.

Leones españoles
vibrantes como acero
templado por las aguas
del Tajo, del Nervión.

A fuerza de entusiasmo,
se impone al mundo entero
la indómita bravura
de vuestro corazón.

Seguid siempre adelante,
que España os acompaña,
no tuerzan vuestro rumbo
la farsa ni el baldón.

Tan limpio es nuestro juego,
como el blasón de España,
leones españoles
avanti y al balón.
Seguid siempre adelante
que España os acompaña
no tuerzan vuestro rumbo.
la farsa ni el baldón.

Tan limpio es vuestro juego,
como el blasón de España,
leones españoles
avanti y al balón,
al balón.

jueves, 19 de febrero de 2009

LA BOINA FANTASMA


Rafaelillo Pérez Ruiz apareció como un meteorito en el viejo campo del Tejar de Pichilín una tarde de “match footbalistico” del año 1930, y, al verlo la ya entusiasta y joven hinchada veleña, entonces muy concurrida para ver en su ciudad tan nuevo espectáculo “sportivo”, supo de pronto que la tenía conquistada.
Rafaelillo sintió que le había entregado su corazón, se cumplía su último partido de football…
Como el César, “vino, se puso la boina fantasma, y su equipo muy necesitado de triunfos, venció”.
Cuando Rafaelillo, hijo y nieto de peluqueros, llegó a jugar al “football” parecía que ya estaba chabucado como jugador de este nuevo deporte que irrumpía con una gran fuerza en Vélez y toda la provincia.
Eres un “trasto viejo” le pregonaban. Cosa cumplida. Eres un asunto ya finiquitado... le decían.
A Rafaelillo nada más le quedaba la boina, y aquella risa francesa con la que en la "campa" de juego de Capuchinos (hoy día son jardines), adornaba sus geniales travesuras con la pelota casi redonda, y en la vida, como muchacho, apilaba montones de fantasías.
Jugó en varios equipos del pueblo, los formados junto a la antigua estación del tren, la popular explanada del Pozancón, el Barrio del Pilar y la Cruz del Cordero.
De Rafaelillo Pérez Ruiz, los pioneros seguidores veleños, Braulio Murciano, Fenech, Alfonso Castaños o Pepe Casamayor, tenían muchos motivos para recordarlo, y uno, que resumía toda la admiración:
El de aquel partido que presenciaron en el año 1928 cuando en la desaparecida Plaza de Toros de Vélez-Málaga, el sólo y diez más vestidos con las camisetas blancas que les regaló el empresario Antonio Piédrola Giménez, le ganaron al entonces invencible Málaga Sport Club.

Un partido donde el juego; hecho todo de gracia (como el Ave María) y la lucha, de anhelos ardientes y leal fiereza, todo unido, hizo por entonces que aquel encuentro resultara para muchos veleños de esa época inolvidable.
Él sólo y diez más vestidos de blanco. Pero fue Rafaelillo, el jugador cumbre de aquella tarde en el coso taurino y ya “footballero”.
Y eso que era casi un niño, por que siempre además tuvo cara de niño y sonrisa de trasquilón inocente de peluquería.

Hacía cosas de locura en un equipo, al que él le contagió un extraño fulgor. Marcó veinte “goals”, una docena de los cuales, a pura boina, “la boina fantasma de Rafaelillo”.

A sus rivales no les perdonaba una y es a los del Málaga Sport Club, a quién Rafaelillo le marcó aquel gol de palomita o de boinita, merecedor de que en su recuerdo se hubiese levantado en la ciudad un monumento.

Todo sucedió así, faltaban apenas segundos para terminar el partido, el cual iba empatado a seis tantos, cuando Rafaelillo se tiró con todo al alcance de un centro rastronero que desde la derecha le había enviado su compañero Antonio Castaños, aquel celebre centrocampista que lucía un pañuelo en la frente... y en ese momento la boina fantasma, casi al ras del suelo, alcanzó a darle a aquella pelota casi redonda, era el toque que le hacía falta para que cantaran el zumbido de victoria los veleños.
Ganadores del invencible Málaga Sport Club y un héroe entre los 11, Rafaelillo, Rafaelillo ¡Viva Rafaelillo “El Peluquero”!

Un año después repetía Rafaelillo sus hazañas. Su boina llegó a ser obsesión para los equipos que se enfrentaban a la Sociedad Deportiva Vélez Football Club, una obsesión de esas que te perseguían hasta en los sueños.
Poco tiempo después de haber marcado el “goal” de la victoria en aquel partido memorable, su rival malagueño organizó en los Baños del Carmen el partido de revancha y en el que se estudió la forma de neutralizar al delantero emboinado veleño.
La consigna era conseguir que “El Peluquero” saliese trasquilado y no llegara hasta el área malagueña.

Y así cuentan, que le formaron un cerco cerrado entre los defensas, Patricio, Araujo y a veces Vicaría, jugador que también acudía al centro del campo a darle una mano a los encargados de bloquear los movimientos del aquel fenómeno delantero, traviesa su sonrisa y negra boina.

La única vez, la única, que Rafaelillo pudo llegar al área rival aplicó el boinazo, ganó el Vélez y él salió de nuevo a hombros de sus compañeros y aficionados.
La llegada del equipo veleño horas más tarde en el vapor de Málaga fue muy esperada. La Banda Municipal fue enviada por mandato del Alcalde veleño Rafael Santiago para recibir a los “equipiers”.
Rafaelillo fue el primero en bajar, traía sonrisa ancha y bajo su brazo un paquetito con sus botillos y la boina envueltos en papel de diario.

Después de los partidos, armaba en el Café ABC de Luis Peña su maletita y tras un tiempo de tertulia se marchaba calle arriba hacía la peluquería de su familia, que estaba situada a la sombra de la torre de la Iglesia de San Juan, donde allí gozaba de una amplia clientela masculina y femenina, que jubilosa tomó como hábito el festejar en la barbería las hazañas balompédicas y los golazos de Rafaelillo y su boina fantasma.

Fue un veleño modesto, humilde al que quiero recordar en esta historia de fútbol. Me contaron, que sus amigos y seguidores lo quisieron hasta el delirio. Tesoro de afectos que el tiempo se encargaría de cubrirlo de olvidos.

Casi 80 años del gol más recordado de aquel pionero fútbol veleño. No fue un gol como los que se ven ahora de Iniesta, Villa, Kaka Crsitiano Ronaldo o Messi tras un pase en jugada de rodillo de ese genio que ha sido Zidane. Pero aquel tan añejo tanto hizo estallar de júbilos a Vélez-Málaga, mientras que a hombros salía de la antigua y desaparecida Plaza de Toros de Vélez el inolvidable muchacho apodado por el de “la boina fantasma”.
“Vini, boinorum colocorum, vincitorum”.

sábado, 9 de noviembre de 2002

JUAN JURADO, EL JUGADOR MANCO

Retomo en las historias de nuestro fútbol y de nuestro Vélez, el hecho curioso de que en los primeros tiempos de nuestro club, jugó en nuestro equipo un futbolista al que le faltaba el brazo derecho.
Juan Jurado Sánchez, “Manco” como así le apodaban, compartía pelotazos junto a sus hermanos, Manolo, Miguel y Placido. A estos tres últimos se les conocía en la ciudad por el apodo de “los cubanos”.

Como vemos en la foto junto a sus hermanos, Juan, sabía disimular bien la falta de una mano, que perdería muy joven cuando trabajaba de aprendiz de carpintero.
En Vélez hubo un tiempo que a los jugadores de nuestro primer equipo se le conocía sólo por el apodo, era una forma muy familiar y a la vez simpática. También servía como tapadera a la identidad de los que, en paños menores y en cualquier explanada del pueblo, eran criticados cuando se ponían con tesón a practicar como pioneros “footballiers” de un deporte que irrumpía en todos los lugares del mundo.


De las primeras formaciones del Vélez Football Club era muy popular esta alineación netamente de apodos:
Batatero; Galán Tarama, Ciezo, Terry, Sillero; Tito, Canuto, Manco, Canijo y Pirulí.
“Manco”
jugó de delantero junto a sus hermanos, Miguel y Placido. El otro, Manolo, actuaba de medio y de defensa. Eran los primeros partidos que se celebraban en la Plaza de Toros, y poco después en el Tejar de Pichelín.

Sin embargo Juan pasaría después a un segundo plano al dedicarse a árbitro de fútbol. Se puede decir que fue el primer “chaquetilla” que tuvo la fuerza moral y el conocimiento justo para informarse de lo que en esa época era el reglamento del foot-ball y así el correcto significado inglés a las palabras, score, goal , free-kick , goal-kepper...

Se sabe bien poco en el fútbol, de futbolistas que hayan jugado con alguna particularidad física.

Es cierto que hubo muchos futbolistas que jugaron con ciertos cortes en los brazos, manos y dedos, producidos éstos por los clavos que se encontraban en los tacos y suela de cuero de las antiguas botas que calzaban (hoy día para nada permisivas) o fruto del correíllo con que se cerraban aquellos pesados balones marrones.


Se sabe que en Uruguay fue muy famoso el delantero de Nacional y Estudiantes, Héctor Castro apodado “El Divino Manco” (1904-1960), que fue Campeón Olímpico en Amsterdam en 1928, Campeón del Mundo en Montevideo 1930 y Subcampeón sudamericano en 1926 y 1935.


Héctor Castro, curiosamente anotó frente a Perú en el Mundial de 1930 el primer gol de Uruguay en la historia de los Mundiales de Fútbol y también el primer gol marcado en el mítico Estadio Centenario.
Jugó sus mejores años, careciendo de la mano derecha, la cual se la mutiló en un accidente industrial a los 13 años. Siguió en el fútbol como entrenador, entre muchos equipos, del Nacional de Montevideo. Murió con apenas 55 años de un ataque al corazón.

No hace mucho en el fútbol español también conocimos los nombres de tres chavales, Óscar (Berceo) y Edu (Loyola) que jugaban en Tercera División faltándole el antebrazo izquierdo, o el delantero Paquito (Torreblanca) que le falta medio pie derecho a causa de un accidente.
A los dos primeros sus problemas fueron siempre el del equilibrio.
En el 2009 fue noticia nacional el debut ante el Valencia de Alex Sánchez con el Zaragoza en Primera División. Este joven delantero nació sin su mano derecha, pero este hecho no le reprimió en sus aspiraciones de jugar a fútbol y llegar a lo más alto.


Estudiante de Derecho, Alex juega actualmente en el filial del Zaragoza, en Tercera División, y su buen rendimiento le ha permitido estar en alguna convocatoria del equipo maño.
Es por el momento el primer jugador manco que ha jugado en la liga española en sus más de 80 años de historia.
Sea de cualquier forma, el fútbol en estos casos abre fronteras, y es que tener una discapacidad no significa ser menos que los demás. Es cuestión de proponérselo y luchar por ello como así hicieron el uruguayo, Héctor Castro, el maño, Alex Sánchez o hace más de ochenta años el veleño, Juan Jurado “El Manco” en aquél pionero Vélez.

martes, 14 de mayo de 2002

DE SIEMPRE, UN VÉLEZ MUY FAMILAR

La historia de nuestro Vélez C.F. está plagada de apellidos comunes. Hijos que emularon a sus padres, abuelos y tíos, en los muchos partidos que contabilizan nuestra historia en sus diferentes categorías, o hermanos (incluso gemelos) que compartieron la misma camiseta en una misma categoría juvenil.

Un nexo familiar no exento de casos curios, como el defensa, José Luis Junco que tuvo a su padre, el ex jugador del Malacitano, Pepe Junco, como entrenador del C.D. Veleño en la década de los sesenta o de igual manera el delantero, Carlos Fernández García “Tello” que ha tenido a su padre no hace mucho como entrenador del Vélez C.F. durante dos campañas.
En esta relación hay que mencionar a manera también anecdótica a los hermanos Cayuela Ruiz. El mayor de ellos, José, como entrenador y sus hermanos menores Sabino y José Manuel “Paito” como jugadores en la plantilla veleña de la 93-94.

Hagamos un fiel y no menos exhaustivo repaso. Los primeros hermanos que jugaron juntos en el Vélez, fueron los alicantinos afincados en Vélez-Málaga, Pepe y Diego Esclapez Maciá; y los veleños Jurado Sánchez (foto de cabecera), Juan arbitraba partidos, Miguel jugaba de extremo, Manuel de interior zurdo y Placido como delantero centro y que consta como el primer pichichi en la historia del Vélez F.C.. También destacarían los Castaños Monleón, el mayor era Alfonso (más conocido por su segundo apellido) y el menor, Antonio, que jugaba de capitán en el medio del campo.

Todos estos jugadores mencionados son del pionero Vélez de los años veinte del siglo pasado.
Entre los años cuarenta y cincuenta jugarían como centrocampistas en el Vélez C.F. los hermanos Benítez Muñoz, el mayor, Juan y el menor, Antonio. Siguiéndoles después en esa misma década ya en el Vivar Téllez, los malagueños del Barrio de la Victoria y apodados los “Chicolito”. Rafael López Ramírez era portero y se le conocía por “Chicolito I”, mientras que su hermano José “Chicolito II”, lo hacía como hábil delantero.
Coincidirían en la (70-71) los hermanos Paco y Pepe Flores Martín. El primero era defensa contundente y el segundo un incansable luchador en el medio del campo. Tambien relacionamos a los veleños Castillo Pérez, uno era guardameta, Francisco, apodado “Paquillo el Majara” y el otro, el media punta Antonio, alias “Ico” y que jugó en la 57-59.

Los delanteros paleños, Vargas López, José y Manuel jugarían en el Vélez en dos campañas diferentes, la 75-76 y 80-81 y de igual manera en esta misma demarcación actuarían, Antonio y José Gabriel González Moncayo, que en la 79-80 figurarían en algunos partidos de un Vélez C.F. entrenado primero por Pachón y después por Pepe Cayuela.

Los hermanos nacidos en Torre del Mar, Camacho Muñoz, lo harían juntos en la temporada 80-81, Manolo como defensa y centrocampista, y su hermano Rafael, apodado “Fito” como delantero.
En la 83-84 estarían juntos los Pérez España, José y Juani, de igual manera en la 86-87 figuran los hermanos, Pérez Barranquero, hablamos de Antonio y Juan Carlos. En esa misma campaña tenemos que destacar a los Aragüez Pérez, el mayor que jugaba de delantero, Gabriel, se le conoce por el apodo de “Pinki”, mientras que su hermano menor, que lo hacía de centrocampista, siempre ha sido conocido por Alex. Una campaña después (87-88) aparecerían en las alineaciones del Vélez los hermanos Medina Martín, Antonio “El rata” y Miguel, este último con el apodo de “Marcelino”.


A comienzos de los noventa, tenemos a los Maté Ruiz, el más joven era Paquito que jugaba de centrocampista y el mayor, Quique, como delantero; en la 93-94 los hermanos Sabi y Paito Cayuela, en la (94.95) seguirían los Morales Bautista, hablamos del centrocampista Rafa Morales y de su hermano, José Miguel, apodado “Chemi” y que jugaba de media punta. También en nuestra relación aparecen los Aparicio Olmo, el delantero Dani y el centrocampista Rubén. Por esas fechas también es justo mencionar a los veleños, Pino Gálvez, Manolo como defensa (01-02) y Pepe, el primero en debutar en la (97-98) como delantero. En la 99-200 a los hermanos granadinos, Arroyo Correal, hablamos del defensa Miguel Ángel y el delantero, José Antonio, que jugaron muy poco ambos en el club veleño.


En la 2002-03 sí aparecen en muchas alineaciones del Vélez en Tercera División, los hermanos nacidos en la localidad de Cajíz, Rubén y José María Quintero. De igual manera aparecen los Castillo Ramírez nacidos en Rincón de la Victoria, el zurdo Aitor y defensa Enrique que compartieron viajes y alineaciones en la 2003-04.


En el transcurso de la historia de nuestro Velez, hay que destacar también a hermanos que en diferentes décadas se cedieron el testigo futbolístico. El primer caso es el de Antonio López Jiménez “Bemba” (59-60) con su hermano Juan, el popular defensa y capitán del equipo en los sesenta y setenta, “Chani”. Por esa época señalamos a los Domínguez Escalona, en concreto a Pedro (52-54), Domingo y Manolillo, que jugaría cinco años después en el C.D. Veleño de Paco Castejón y Juan Antonio Aparicio. Le seguirían los torreños, Cotilla Tesoro, el defensa Miguel (67-68) y Carlos en la mitad de los ochenta, los veleños; Ramírez Serapio, el mayor José Antonio “Buri” jugaría de delantero en la 72-73 y siete años después le seguiría David, también conocido por “Platanero” y que actuaría de defensa y tambien de pivote en el medio del campo. En esta sección de suceder a un hermano en el equipo veleño, está la del portero Antonio Romero “El gamba” (87-88 y 90-91) y su hermano menor, el centrocampista Mario que jugaría algunos encuentros en la campaña 92-93.

En el relevo de padre a hijo, podemos destacar a los torreños, José Mari Martín (72-74) y su hijo de igual nombre deportivo en la (02-03 y 05-07) y los López, Miguel, el padre y que jugó en la 57-59 y su hijo el extremo, interior y capitán de equipo, Arturo, que llegaría al Vélez procedente del Malagueño en los finales de los noventa y que estuvo en el Vélez hasta el año 2004; la del portero y después por más de cuarenta años utillero, Antonio Ferrer “Fraguas” con su hijo, el defensa Bienvenido; la del centrocampista paleño, Julio Cobos Gómez (73-75) con su hijo, también Julio, en esta campaña 08-09. Ambos con un exquisito toque de balón… o lo que es lo mismo, de tal palo tal astilla.

No olvidamos a los malagueños, Berrocal, ambos defensas centrales, el padre Manuel (78-79) y su hijo Miguel (99-00 y 01-02). Aparecen en esta lista los rinconeros, Bravo Moreno, esto es, Pedro (80-83) y Antonio (82-83) que dieron el testigo a su hijo y sobrino respectivamente, Juan Pedro Bravo (97-98); los veleños Esteban Vigo Benítez (70-72) y su hijo Esteban Vigo Ariza, que jugó en las campañas (03-06); el portero Manolo Guerra (57-58) y su hijo el centrocampista, Manolo “Pescailla” en la mitad de los ochenta; y los Flores, Pepe cedería el testigo a su hijo, el defensa Gabriel Jesús “Gabi” en la 04-06. Sin olvidar a los Tello, padre e hijo en diferentes épocas en la delantera veleña.
La familia más prolifera en dar jugadores al Vélez es sin lugar a dudas la de los López Jiménez. El abuelo Antonio López Fuentes jugaría de extremo izquierda por los finales años veinte, la saga continuaría con sus hijos, Antonio y Juan. Actualmente sigue el testigo futbolístico su nieto el defensa zurdo, Benjamín López “Benji”. Este jugador tiene otra referencia importante en el fútbol veleño, la de su abuelo por parte materna, el fino centrocampista y gran amigo mío, Pepe Hidalgo Reyes (década de los 50).

La segunda posición en esta lista de apellidos notables de nuestro fútbol, es para los hermanos Ruiz Hierro, Antonio, Pepito y Fernando que jugaron en el primer equipo veleño, su hermano Manolo sólo lo hizo en el juvenil y el padre de ellos, Antonio Ruiz “Zocato” como interior en la década de los cincuenta. Volviendo a Manolo, este sería hasta presidente del Vélez C.F.
A los apellidos que resaltamos, destacamos también el de los Fúnez. El abuelo, José Fúnez militó en la (39-41), su hijo Pepito en los finales de los cincuenta y el sobrino de este, Antonio Anaya (84-85 y 87-88) militaron en el primer equipo veleño. Todos ellos curiosamente como zagueros.

  Nombres, apellidos y motes familiares que forman parte de la historia de nuestro club. En algunos casos se trata de padres e hijos, como los que ahora vemos, unos jugando otros ya de vuelta animando en la banda o en la esquina del corner. También como habréis comprobado, muchos hermanos, tíos y demás tipos de parentesco. El apellido les ha servido en algunos para triunfar. A otros, para fracasar. Pero a ninguno les quita eso de hacer, si cabe, mucho más querido a este nuestro Vélez C.F. más familiar.

sábado, 11 de mayo de 2002

PAQUILLO DÍAZ, EL ENTRENADOR DEL "CHE"

El nombre de Ernesto "Che" Guevara de la Serna (1928-1967), está unido, como ya se sabe, a la epopeya libertadora de Cuba por su contribución a la lucha revolucionaria. En cambio su vinculación al deporte, natación, fútbol, rugby, boxeo y ajedrez, es quizás la gran desconocida y en ella tuvo una gran incidencia un emigrante malagueño de Benamocarra, Francisco Díaz Arias.

Hablemos primero del Che. Corría el mes de mayo de 1930 y un niño de dos años que después escribiría páginas importantes de la historia, le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria. El asma fue una tragedia familiar para Ernesto Guevara Lynch, el padre del “Che”, que por orden de su médico decidió llevarse a su hijo en 1932 a la localidad de Alta Gracia, ubicada en la Sierra Chica, al sur de Córdoba (Argentina).

Allí los aires eran mucho más saludables y de esta manera Ernesto fue conociendo el asma, y el asma fue conociéndole a él, y ambos advirtieron que no sería fácil el pulso que mantendrían, ni la sofocada convivencia. Nadie podía imaginar que aquel niño débil y flacucho (el asma lo hacía parecer más chico que su hermano Roberto, que era menor), se convertiría en un deportista obstinado.

La gran culpa de su amor al deporte y en un principio al fútbol, le llegaría gracias a una familia de malagueños procedentes de Benamocarra que habían abandonado su tierra a consecuencias del alzamiento franquista.
Los padres del joven "Ernestito" que eran favorables al bando republicano en la Guerra Civil española, acogieron a varias familias de exiliados, entre ellas los valencianos Granados Aguilar y los malagueños Díaz Arias, con estos últimos tendría la familia Guevara una amistad imperdurable.

La familia de Francisco era prácticamente de El Borge, sin embargo ésta emigró a Benamocarra a principios del siglo pasado, naciendo nuestro protagonista en 1902, siendo con el tiempo uno de los jóvenes jugadores del primer equipo de foot-ball que se conoce en esa localidad, hablamos del C.D. Invencible. 
Marcharía a Barcelona unos años más tarde y de ahí reclutado para ir a la Guerra de África con el Regimiento de Infantería Jaén 72 en el Batallón de Tetuán, donde tuvo la fortuna de sobrevivir en la contienda africana y poder volver a su tierra.

A Paco Arias, se le conocía más por su segundo apellido, en más de una ocasión había jugado como delantero en partidos amistosos con el Vélez F.C. en la antigua plaza de toros en 1925 y poco después en el campo del Tejar de Pichilín.  Lo hizo siempre invitado por su amigo y paisano, Francisco Quero Ruiz,  pionero defensa en la historia del fútbol veleño y también jugador del Sporting de Málaga, "footballier" que había nacido en el vecino núcleo de Triana (Venta de Montoro) el 2 de marzo de 1910.

Los tristes sucesos acaecidos durante la Guerra Civil, hizo que los Díaz Arias como tantas familias de malagueños tuvieran que “emigrar” forzosamente de Benamocarra.
Eran los primeros días del mes de febrero de 1937, cuando esta familia tuvo que iniciar por la costa malagueña una huida con dirección a Almería.

En el camino hacia Nerja, y fruto del bombardeo de los aviones alemanes e italianos que peinaron el éxodo malagueño, Paco perdería a causa de la metralla a su mujer Teresa y a un hermano de ésta, Antonio, que también les acompañaba en la huida. Arias a duras penas pudo transportarlos ya mal heridos hasta la localidad de Adra, donde ya nada se pudo hacer por ellos, siendo enterrados junto a otras personas fallecidas, al norte del viejo muro del cementerio de esa ciudad.


Dos semanas más tarde, desde Almería tras estar amparados en Casas de acogidas "Socorro Rojo " pudo pasar a Valencia y poco tiempo después llegar a Barcelona, donde tras varios días de angustiosa espera, logró superar el filtro de algunos controles militares y poder tener la oportunidad de embarcarse rumbo a la Argentina.

Caprichoso es el destino, Paco Arias, su hermano José y su cuñada María Luisa se ubicaron en los primeros meses de 1939 en la localidad de Alta Gracia (Córdoba) y muy pronto se relacionó con el ambiente obrero socialista de aquella ciudad, y con la figura de Ernesto Guevara padre.
La amistad que poco a poco fue entablando este benamocarreño con la familia Guevara, hizo que el pequeño "Chancho", entonces no era apodado como “Che”, conociera con más detenimiento las reglas del foot-ball y su amor hacia este bonito deporte.


                    (Arias con parte de su familia y el pequeño Guevara con el balón)

Paco Díaz Arias además de trabajar de carpintero, entrenaba dos veces por semana al equipo de la escuela de la cercana localidad cordobesa de Bouwer.
Es por eso como, desde allí y a espaldas de sus padres, pudo alinear de guardameta al pequeño Ernestito, y al que ya sus amigos también le apodaban de otra manera, "Pelao", por los particulares cortes de cabello que muy asíduamente lucía.

El de Benamocarra sabía que el asma limitaba mucho al pequeño (que por entonces andaba con los hombros levantados por la respiración forzada), y pensó que si jugaba de portero, éste estaría siempre mucho más descansado a la vez que tendría el inhalador de Aspomul cerca de la portería y no acabaría atacado siempre por la tos.

Al chaval la idea de jugar de portero y a escondidas, especialmente en los días que tenía clase de natación (estilo mariposa) que le daba el campeón argentino, Carlos Espejo, le motivaban mucho.
Era un reto para él, ya que jugaba merced a dos voluntades enormes: la suya, con la que peleaba contra la lógica y las no menos encontradas disposiciones médicas. Tanto fueron sus deseos de jugar al fútbol, que se procuraba hasta una gorrita similar a la de aquellos antiguos cancerberos que él veía retratados en la prensa. Pero eso sí, cuentan que se la ponía con la visera siempre hacia atrás.

En cierta ocasión leí al biógrafo del “Che” Guevara, Hugo Gambini, que decía:
"Cuando la situación así lo requería, era capaz de dejar los tres palos y ponerse a marcar al rival más peligroso del equipo contrario con el consiguiente gran riesgo para su salud. Avanzaba como un silbido tenue y se iba descomponiendo para convertirse en una especie de rebuzno. Desfilando con la sincronía de un ejército, el jadeo, la asfixia y el miedo sobrevenían uno detrás del otro, ensayando una rutina de la que sólo se sabe que no hay que esperar al final.

Ernesto ahogado hasta añorar el oxigeno, no tenía más remedio que dejar a su equipo y corría hacia uno de los postes de la primitiva portería buscando un objeto que casi le devolvía la vida. Inhalaba profundo, se recomponía, y muy pronto regresaba al campo de juego para que los suyos volviesen a contar con once integrantes. Luego el ciclo recomenzaba, se agotaba, recomenzaba y se agotaba... ocurría varias veces por partido".


                                                          (Ernesto Guevara con su padre)

Aspira, expira, corre, salta, nada, cae, se sentaba, estudiaba, leía, aspiraba, expiraba y corría de nuevo para encontrarse con el malagueño que lo llevaba a hurtadillas a jugar.
Cuando en la casa paterna se descubrieron las cada vez más habituales fugas de Ernestito hacia la improvisada cancha de Bouer para jugar al fútbol, la explicación que daba el malagueño a requerimiento del Ernesto Guevara padre, fue la misma que empleaba para tratar de comprender las otras conductas que tenía su hijo mayor.

Bordeando la objetividad decía el banamocarreño: "Tiene un carácter tan rebelde Ernestito, que no he podido negarle a que jugase en el equipo de mis chicos. Además es uno de los mejores".

Como era ya de natural el ser contestatario, se hizo del Rosario Central sin conocer nada de aquella ciudad, sólo por llevar la contraria a sus amigos del Bouer, que eran de River o de Boca. Cuando alguien le preguntaba "¿de qué equipo eres? ", Él respondía con cierta altivez " de Rosario Central, soy rosarino como mi entrenador Arias".


(Guevara con sus amigos de equipo, primero por la derecha)

En este equipo el Che tenía un ídolo. Se trataba de Ernesto García, apodado el "Chueco" o "El poeta de la zurda", quién después destacaría como extremo izquierdo en el Racing. Lo admiraba con pasión a pesar de que nunca le había visto en persona ni había estado en el estadio rosarino para ver jugar a su equipo.
Más tarde, quizá por seguir dando muestras de rebeldía, ya en Córdoba, fue también seguidor del Sportivo Alta Gracia, contraviniendo la costumbre local de afiliarse a uno de los clubes más importantes de la ciudad, Belgrano o Talleres. Nunca explicó la razón de esta militancia "revolucionaria".
Los años en Alta Gracia contribuyeron para que el cuerpo de Guevara mejorara su capacidad aeróbica, aunque no lograron sofocar el asma, que le duró toda la vida.

Ernesto Guevara no fue un jugador habilidoso, pero era total coraje y tesón. Quienes evocaron más tarde sus actuaciones destacaron que lo que más le gustaba era revolcarse por el suelo.
Todos los biógrafos del "Che" Guevara coinciden: “Era un hombre inclasificable, heterodoxo, tan revolucionario de su propia persona como del conjunto de las cosas”.



Esa actitud ante casi todo se manifestó también en el deporte, del que probó cuantas variantes tuvo cerca, si bien quién le dio la gran oportunidad, más bien le abrió el camino para combatir su asma y mejorar su precaria salud, fue un benamocarreño, Paco Díaz Arias, al que un día el caprichoso destino le hizo cruzarse en la vida de un hombre grande.
Fue para la historia su primer entrenador, recordarle hoy es volver a vivir un pasaje que muy poca gente ha podido conocer, fruto de un trabajo de investigación de algo más de cinco años.

Roberto Guevara, su hermano menor, me comentó hace algunos años cuando visitó Málaga y hablamos sobre la historia del benamocarreño y su hermano, que gracias al primero, y si su hermano no hubiese jugado quizás al fútbol, la historia igual nunca le reconocería como el comandante “Che” Guevara, sino quizás un mero y desconocido sargento… “Pelao”.

martes, 30 de abril de 2002

" MUNI- QUEOP"

Tomando el sol con mi hija en un parque cercano a casa, pude ver un interesante partidillo de fútbol en el que competían dos equipos de cuatro chavalines. Las porterías eran los bancos que tenían en el mismo parque por donde pasaban constantemente el chorreo de otros pequeños jugando a otros juegos.
Ese partido era de pelotazo va y pelotazo viene… pero a otros niños, madres y abuelos sentadas en los otros bancos continuos, todo ocurría sin sobresaltos en el guión normal de una tarde de primavera…
Estas circunstancias de indiferencia me llevó a recordar como empezó todo esto del balompié y como fue y como se combatió a principios del siglo pasado la denominada “cruzada contra el football callejero”…

Frenar el impulso natural de los niños a la hora de golpear la pelota en cualquier lugar del pueblo, era casi una misión imposible en la Vélez-Málaga de finales de los años 20.
Esta circunstancia produjo por parte de la Alcaldía, que era presidida por D. Rafael Santiago, el establecimiento de una severísima orden, para que los agentes de la Policía Urbana, impidieran que las calles y plazas se convirtieran en "campas de football".
Por muchas de ellas, Barrio de La Villa, Félix Lomas, Alhóndiga, Alberquilla, Cruz Verde, etc., apenas era posible circular a una hora determinada, sin que el transeúnte se viese expuesto a que aquellas pelotas fabricadas de trapo y también balones adquiridos por los más pudientes, se plantase en sus narices. Una orden en definitiva para evitar el incordiante instinto infantil, que era como querer clandestinizar el propio juego, en este caso, el foot-ball, que los más jóvenes solían practicar en explanadas ya marcadas por la Guardia Urbana como más importantes de confrontacion futbolera, estas eran las de la Estación del tren, Plaza de la Constitución, jardines de Capuchinos y calles menos concurridas…



Ante tal bando, era muy normal en los años veinte que, mientras unos jugaban otros estuviesen muy atentos a la llegada del policía que les podía quitar la pelota o ponerles una multa a sus padres. Así que para evitar males mayores, se ideo una consigna o frase para salir por píes cuando las autoridades se acercaban por la zona donde se dirimía aquellos entretenidos “moloch futboleros”.

Según me comento en su día el pintor, Paco Hernández, hijo del guardia urbano Vicente, la palabra clave que los chavales utilizaban era, “muni queop” o lo que era en cierta medida la frase abreviada de, municipal que os quita la pelota.

Dio resultados positivos la utilización de esta frase y así nuestros primeros practicantes y jóvenes del lugar pudieron incubar su entusiasmo por el deporte de la pelota, mientras que en varias zonas de la ciudad se decía a modo de crítica, “ya no se juega a pelota con la mano, ahora se juega a patadas, y dicen que adelantamos…”